El 30 de Enero de 1933, Adolf Hitler asume el poder

"...Con la velocidad del viento se difunde la noticia. Un escalofrío estremece a las masas. Ni la radio, ni menos aun la prensa pueden seguir el ritmo fulmíneo con que la palabra liberadora vuela por las calles; penetra en todas las casas, en todos los negocios, en los túneles de los subterráneos y sobre los andenes. Corre desde el lejano sur hasta el extremo norte, al este y al oeste y otra vez vuelve al centro, para juntarse allí en un impetuoso golpe de ola.

¡Hitler! ¡Hitler!, exclama la gente y cada segundo lleva su nombre un kilómetro más lejos: ¡Hitler! ¡Hitler! No gritan: ¡Hitler es canciller del Reich! o ¡Hitler ha formado gabinete! No. Gritan solamente su nombre: ¡Hitler! ¡Hitler! Fue la conmocionante irrupción de júbilo de todo un pueblo. Únicamente su nombre domina las calles, domina Berlín, Prusia, el Reich... el mundo."

El año 1933 es el año de las grandes decisiones. Como el año de la Revolución Alemana seguirá viviendo en la Historia. Todo aquello por lo cual el Movimiento durante 14 años trabajó infatigablemente tomó forma y estructura en este año.

El preludio para la Revolución lo constituyó el gran ensayo general de la elección para el parlamento provincial de Lippe.

La prensa bolchevique y socialdemócrata se burló de los gigantes preparativos electorales del NSDAP, que concentró la totalidad de sus medios sobre este pequeño Estado alemán. Sus ofensivos y sarcásticos artículos acerca de la táctica de los nacionalsocialistas hicieron que el gran público esperara el desenlace de esta elección con mayor expectativa de la que hubiera podido generarse exclusivamente por la propaganda del Partido.

En forma brillante el 14 de enero se refutó en Lippe la leyenda de la "ola Nacionalsocialista en reflujo". La política del general Schleicher recibió un golpe aniquilador. En el frente más avanzado luchaba el Führer en persona. Diariamente dirigía la palabra en asambleas masivas en el país, en lugares que apenas se conocian por su nombre. Se levantaron gigantescas carpas y para oír al Führer llegaba la población recorriendo largos kilómetros a pie, a caballo o en coche.

En 10 días tuvieron lugar 18 reuniones en las que el Führer fue el orador. Cuando terminó el día de las elecciones, ¡el 47,8 % de los electores se había decidido por Hitler! Casi el 50%. ¿Qué había escrito la prensa roja? Los Nacionalsocialistas no irán nunca más allá del 33%. ¡Y ahora este exito!
También sobre un pequeño espacio se puede demostrar el clima reinante en la población. Vanamente se esforzó la prensa enemiga, ahora cuando el resultado electoral estaba a la vista incontestable, en minimizar los hechos. Nadie creía ya en ella. Demasiado claro era el lenguaje de los acontecimientos en el Estado de Lippe.

El día siguiente halla al Führer en Weimar ante 10.000 hombres SA. Tras la victoria de Lippe lanza nuevamente su reto de combate al sistema. "En el corazón de Alemania juramos hoy proseguir la lucha hasta que la meta sea alcanzada. El Partido se mantiene fiel a su espíritu de lucha con decisión intransigente".

El 21 de enero la SA berlinesa se despliega en la Bülowplatz ante la Casa de Karl Liebknecht (Sede central del Partido Comunista). Schleicher está completamente aislado. El campesinado en bloque se lanza al ataque. En Berlín estallan en frenético vértigo las ideas, embustes y globos de ensayo. Se produce una confusión tal que la maquinaria oficial de desmentidos vanamente trata de ocultar.

Hitler espera la elección decisiva. Prepara todo para ella. El Partido se encuentra en alta tensión. El Führer necesita únicamente apretar el botón y un mecanismo electoral de precisión nunca visto y de un empuje jamás experimentado se pone en movimiento. Se estima que para marzo tendrá lugar esta votación. Pero el gabinete Schleicher cae sólo 14 días despues de la elección de Lippe.

De improviso, el presidente del Reich retira su confianza al canciller. Hitler se instala nuevamente en el Kaiserhof (hotel del Kaiser) frente a la cancillería del Reich. Cada uno lo sabe: ahora se producirá la definición, incluso sin elecciones. La democracia se halla consumida, agujereada, impotente, convertida en una fachada ciega, lista para la demolición.

Las masas humanas ya no se alejan del lugar. ¡Día y noche los gritos de Heil! embaten la ventana del hotel. Aún se resisten los Deutschnationalen (nacional-alemanes, de orientación conservadora). Quieren negociar una participación en el futuro gobierno de Hitler, lo que en vista de todo lo precedente nadie les puede conceder.

El 28 de enero Papen se encarga de la intermediación. El 29 el Führer redacta su lista de ministros. Mil rumores zumban sobre la ciudad. Se habla incluso de un Putsch. La mañana del lunes encuentra a un país que aguarda febrilmente la decisión. En la mañana del 30 de enero Hitler asciende a su automóvil y se traslada enfrente, a la vieja Cancillería del Reich.

Cuando las torres de la Iglesia anuncian la hora del mediodía, retorna como Canciller. El Gabinete de Hitler está constituído por: Hitler, Goering, Papen, Seldte, Frick, Hugenberg... el más grande hecho histórico desde 1914 se ha producido.

Con la velocidad del viento se difunde la noticia. Un escalofrío estremece a las masas. Ni la radio, ni menos aun la prensa pueden seguir el ritmo fulmíneo con que la palabra liberadora vuela por las calles; penetra en todas las casas, en todos los negocios, en los túneles de los subterráneos y sobre los andenes. Corre desde el lejano sur hasta el extremo norte, al este y al oeste y otra vez vuelve al centro, para juntarse allí en un impetuoso golpe de ola.

¡Hitler! ¡Hitler!, exclama la gente y cada segundo lleva su nombre un kilómetro más lejos: ¡Hitler! ¡Hitler! No gritan: ¡Hitler es canciller del Reich! o ¡Hitler ha formado gabinete! No. Gritan solamente su nombre y todos saben el significado que encierra. Cada uno lo transmite gritando y gesticulando... ¡Hitler! ¡Hitler! ¡Hitler!

Cuando dos horas más tarde los primeros diarios salen de las rotativas, únicamente pueden confirmar lo sabido. No obstante, son arrancados de las manos de los vendedores, cada uno lo quiere leer repetidas veces impreso en negro sobre blanco, cada uno quiere guardar la noticia, asimilaria una y otra vez, averiguar sobre los nombres de los designados, para mostrárselo una y otra vez al vecino: "¡Mira acá! ¡Dice Hitler! ¡Hitler!"

Unicamente su nombre y el del Generalfeldmarschall (Mariscal general de campo) dominan las calles, dominan Berlín, Prusia, el Reich, el mundo.

Los periodistas extranjeros transmiten cablegráficamente informaciones que les demandan varias horas. El dinero no juega ningún rol en estos instantes. Sin incidentes se realiza la toma del poder. Mientras el Führer redacta la proclama de gobierno, da comienzo en Berlín una actividad inusitada. En todas partes confluyen seres humanos, se compran antorchas, las banderas aparecen en los frentes de las casas, en los taxímetros se colocan banderines. A poco ya no hay una casa que no se hubiese abanderado con negro-blanco-rojo (colores de la bandera tradicional alemana) o con la bandera victoriosa de la svástica.

Y luego se ordenan las masas, sin necesidad de exhortación alguna, tan espontáneamente como nunca antes marcharon. Aunque resulten desconocidos los unos a los otros, la gente se abraza, enciende sus antorchas, grita jubilosa y finalmente se realiza una manifestación de diensiones jamás vistas que avanza lentamente hacia el centro de la ciudad, se desplaza por la Avenida de los Tilos, doblando hacia la Wilhelmstrasse. Un mar de luces es el barrio gubernamental y allí vienen también la SA, la SS, el Stahlhelm (Cascos de Acero) y ahora un único e inmenso clamor gozoso retumba en las ventanas de la vieja y de la nueva Cancillería del Reich.

Allí estan, de pie, los dos garantes de una Nueva Alemania, el anciano Feldmarschall, que tendió la mano al cabo de la Guerra Mundial para la obra conjunta, y él, el amado Führer, el Canciller del pueblo, él, ¡Adolf Hitler!

Todas las palabras resultan demasiado pobres para describir este gigantesco acontecimiento. Fue la conmocionante irrupción del júbilo de todo un pueblo. Ha sido la fiesta revolucionaria del más singular cuño, alumbrada por las llamas de millones de antorchas y colmada de una alegría que, a medida que transcurrían las horas, cuanto más se aproximaba la edianoche, iba en creciente aumento. Formidable resonaba el paso de marcha de los batallones parados. Era como si, claramente visible para todos, un gran peso se apartara de un pueblo, como si, lentamente, se levantase una tenebrosa fatalidad que durante 14 años abrumó a una nación. Y ellos, los liberados, aclamaban cada vez más fuerte, cada vez más fervorosos, más esperanzados y dichosos a aquellos que realizaron este milagro: Al Feldmarschall y a su Canciller.

Nadie que vivió estas horas de la tarde y de la noche, cuando el pueblo entero, sin distinción de estamentos, clase y confesión, se unificó en un inmenso y clamoroso homenaje las ha de olvidar jamás. Estas horas de la tarde y de la noche del 30 al 31 de enero, que estallaban de entusiasmo y en las que relampagueaban las luces, eran las horas de consagración de la Nación, únicas, que no se repetirán en siglos.

El Canciller y el Presidente del Reich permanecen, hora tras hora, en las ventanas de sus despachos, saludando a los soldados de la Revolución. Las flores vuelan hacia lo alto, en muchos ojos brillan lágrimas de felicidad. Cuando al fin las masas se retiran marchando, suenan disparos en Charlottenburg. Herido de muerte se desploma el Sturmführer Maikowski. Con él cae el suboficial de policía Zauritz. El Asalto 33 perdió a su mejor hombre.

El primero de febrero Adolf Hitler habla por primera vez por la radiodifusión alemana. Alrededor de los receptores se aglomera la gente. Esa noche ningún altoparlante permanece ocioso, ningún auricular queda colgado, sin uso, en la pared.

Adolf Hitler pronuncia su "Exhortación al pueblo alemán", que ha llegado a ser célebre. Basadas en una profunda seriedad son las pautas directrices del Gobierno. No prometen nada más que los hombres del Alzamiento Nacional lucharán por la eliminación de los males de los últimos 14 años, que terminarán con la desocupación y volverán a dar al pueblo paz, libertad, trabajo y pan. Exigen para ello un tiempo de cuatro años. La inmediata disolución del Reichstag y nuevas elecciones programadas a corto plazo, han de dar al pueblo la oportunidad de pronunciarse manifestando si está conforme con la designación de Hitler como Canciller y con el programa anunciado por él.

Ha llegado a su fin la táctica partidista de motivos ocultos y de pequeña labor de azuzamiento y socavación. Han llegado a su fin las artimañas de los partidos políticos. En forma clara e inequívoca pone a la Nación ante la disyuntiva: "Estáis por mí o contra mí. Responded sin reservas". Y la Nación responde.

El 4 de marzo, la víspera de la elección, es declarado por el Dr. Goebbels como El Día de la Nación que Despierta. Y realmente este día lleva su nombre con razón. Cuando oscurece resplandecen fuegos en toda Alemania. Desde las montañas iluminan hacia abajo, desde las alturas, en todos los sitios se mueven columnas incandescentes a través del país. Las ventanas y las calles de las ciudades han sido intensaente iluminadas. Del fulgor de la luz se alza la confesión del pueblo por Adolf Hitler y los símbolos del Nuevo Reich.

El 5 de marzo, el 52% del pueblo se pronuncia por el Gobierno. El gabinete está legitimado legalmente ante el mundo entero, en la forma má ajustada posible a la Constitución, de acuerdo con las leyes más rígidas de la democracia. Pocos días antes de la elección, el 27 de febrero, el Reichstag alemán arde presa de las llamas. Se trata de un acto criminal de insospechadas dimensiones, dado que su objetivo era posibilitar la contrarevolución bolchevique.

Los incendiarios comunistas provocan la destrucción de la sala del plenario del Reichstag. La antorcha de la Revuelta Roja llamea sobre el país. Del Territorio del Ruhr informan de tentativas de sublevación. La existencia de la Nación se encuentra sobre el filo de una espada. Pero ya no gobierna el montón de partidos de Weimar.

El Gobierno Nacional toma enérgicas medidas. En pocos días el peligro bolchevique ha sido conjurado, retornando a sus escondrijos de donde había querido irrumpir sorpresivamente para el último asalto. Y estos escondrijos serán ahora fumigados sistemáticamente en las próximas semanas y en los meses subsiguientes.

El horrible crimen del incendio del Reichstag no halló eco, por supuesto, en el pueblo alemán. Con repulsión se distanció de la acción terrorista. La columna quedó sola con sus cómplices. El 8 de marzo es ocupada definitivamente la Casa de Karl Liebknecht. La bandera con la svástica ondea a partir de ese momento sobre la casa desde la cual, durante años, el asesino comunista forjaba sus planes.

En el lapso de una semana los gobiernos provinciales caen como hojas más que marchitas. Bajo el rumor de las banderas con la svástica desaparecen los últimos testigos de la "grandeza" pasada.

El 9 de marzo es corrido el gobierno bávaro de los señores Held, Schäffer y Stützel. La línea del Maine fue alguna vez divisoria. Sobre Alemania entera, desde los Alpes hasta las arenas del mar, tremolan las banderas del Azamiento Nacional. Expresamente, el Presidente del Reich dispone que en lo sucesivo la bandera de la svástica y la bandera negra-blanca-roja, las dos heroicas enseñas de la historia alemana, deben ondear juntas en todas las astas. Han de ondear, sobre todo, en honor de los héroes caídos por la libertad de la Patria.

Después de la victoria se reúne la Nación para recordar a los muertos. El 12 de marzo el recuerdo y la promesa convocan al pueblo en el Día de Duelo Popular. Es un día pleno de sol. Los rostros de la gente aparecen graves, solemnes. En la Opera del Estado tiene lugar el acto recordatorio, ya que no puede realizarse, como otras veces, en el Reichstag, quemado por las hordas rojas.

El Feldmarschall, luciendo su uniforme, ve ondear, por vez primera, después de mucho tiempo, libre y hermoso, sin la deshonrante bandera de bauprés, el viejo pabellón de guerra, bajo el cual millones murieron... Un largo oprobio ha sido borrado. Delante del Monumento de Honor, la más bella obra de Schinkel, la construcción más prusiana de la Capital, La Vieja Guardia, están formados el Ejército, la SA en capote pardo, la SS con su negro uniforme y el Stahlhelm con su vestimenta gris-campaña.

Durante horas aguarda la gente. Estudiantes con ropas de gala flanquean la entrada al Monumento de Honor, donde en un gigantesco sillar descansa la corona de oro, transfigurada por una luz blanca que la circunda, que desde arriba se derrama sobre ella como una suave y fresca gracia. El Presidente del Reich saluda a Hitler, quien se inclina ante el Mariscal.

Después retumban las órdenes, las tropas se estremecen y quedan en total inmovilidad. Y luego marchan. El paso militar resuena con estruendo sobre el empedrado, los cascos relucen, cascos de acero, grises, las filas se funden en un frente. Encima de ellos ondean las viejas banderas, los estandartes tradicionales del Gran Ejército, las banderas de los regimientos de guardia berlineses que fueron llevados triunfalmente, a través de medio mundo, en el curso de cuatro largos años.

Silencio total reina en la amplia plaza. Nada se oye fuera de los compases de la marcha, del estruendo de la compañia de parada que golpea sus botas en el asfalto como si quisiera hacerlo estallar y del tenue rumorear de las banderas.

Decenas de miles de brazos se han extendido, inmóviles, para saludar a todos, a las banderas, a los muertos y a los vivientes en su espíritu... Un mar de coronas rodea el Monumento de Honor. Con gravedad, despaciosamente, Hindenburg deposita dos grandes coronas junto a las otras. Hondamente conmovido contempla la piedra

A continuación se aproxima el Canciller. Con cuidado coloca su corona. Como si temiera perturbar en su sueño a los muertos, a los hermanos, a los camaradas. Cuando abandona el Monumento de Honor se inicia el desfile de la Joven Alemania: SA, SS y Stahlhelm. Las insignias tremolan, como un sólo bloque se suceden las filas.

Hit-ler, Hit-ler, Hit-ler, martillean rítmicamente los pies, retumban las pesadas botas sobre el suelo. Las banderas flamean... En su espíritu... en su espíritu...

El sol resplandece. Un muro de brazos en alto inmóviles, un júbilo estruendoso, saludan al Mariscal y al Canciller al abandonar el lugar. Ahora se ve que no han caído en vano los dos millones. Ahora todo está bien. Nuevamente podemos pensar, sin vergüenza, en ellos, en sus victorias y en su muerte. Su espíritu está otra vez vivo. Porque Alemania nuevamente es un Reich. Dentro de pocos días se llevará a cabo, solemnemente, en Potsdam, su nueva fundación. Sentís a los muertos cómo se levantan de sus tumbas, ¿cómo brindan su anhelo, su fe para proteger al nuevo y joven Reich con el que siempre soñaron?

¿Sentís a todos ellos que cayeron por la Sangre y el Suelo, por la Madre Patria y el Honor? Ahora la tierra se torna más liviana sobre sus cuerpos en Flandres y ante París, en Rusia y en Asia, en el frente del Sur y en Africa.

“...Marchan en espíritu juntos en nuestras filas...”. (Estrofa de Die Fahne Hoch, himno Oficial del NSDAP)

Ondean la negra-blanca-roja y la svástica... Las banderas del honor y las banderas del futuro, las banderas de la grandeza y del heroísmo. Ondean sobre Alemania. Nunca antes un día de duelo dio a un pueblo tanta fuerza y tan firme esperanza.

Es, en verdad, una primavera santa la que ha comenzado.