Hitler el Hombre (León Degrelle)

Hoy, para satisfacer a casi todo el mundo, debe proclamarse que Hitler fué un "tarado", atiborrado de pastillas, que se lanzaba sobre las alfombras para devorarlas a dentellada limpia y que, además de todo eso, por otra parte, era un inútil que no servía para nada.
Bien; no me puedo retener... Tengo que manifestar lo que vi: Hitler era un genio brillantísimo. Estaba abatido, ciertamente.

Mostraba la palidez de quien, desde 1939 debía soportar todo un mundo a cuestas. Más en su cuerpo era fuerte y su figura reflejaba la potencia deslumbrante de su espíritu.
Al contrario de lo que puedan afirmar cientos de ignorantes, Hitler fue el mayor genio militar que conoce Europa, tras desaparecer Napoleón. La planificación de todas la grandes batallas fue obra suya. Pero además, y antes de eso, fué el hombre de estado que logró proporcionar a su país la eficacia política, el espíritu de solidaridad y la prosperidad económica. De 1933 a 1939 hizo de un pueblo vencido y arruinado el más fuerte y más organizado de Europa...

Además de todo esto, fué un gran renovador social. Tan sólo él, en el mundo del siglo XX, ha conseguido eliminar el desempleo; ¡dio trabajo a más de seis millones de personas!. Consiguió para los obreros, salarios elevados, condiciones decentes en el trabajo, casas bonitas, ocios sanos y organizados, automóviles asequibles, vacaciones pagadas, gran bienestar material, ayudas familiares, dignificaron del trabajo y respeto para los trabajadores en una comunidad popular reconciliada.

Estaba allí, con él, ante un fuego donde crepitaban las ascuas. Era un hombre sencillo, sin vanidades ni complejos. Su primera reacción cuando nos sentamos y contemplar mis botas rusas de grueso fieltro ruso fue comentarme: "Mañana deberá hablar en una empresa de Berlín donde le he organizado todo para que de una gran conferencia y no puede ir calzado de esa manera".
Mi uniforme estaba, más o menos, presentable, pero llevaba calzadas aquellas feísimas y toscas botas soviéticas. Me preguntó: "¿Qué número calza?". Contesté el 42. El usaba el 43.
Se levantó y de un armario sacó un par de botas suyas, metió al fondo de ellas unos trozos de papel y me las dio para que me las probara. Me quedaban bien y quedé calzado con las botas del Señor de Europa... Con Hitler era así como acontecían las cosas.

Era un hombre que apenas reparaba en las faltas de los que con él trataban; así en una ocasión en que estaba reunido con sus mariscales y para agasajarlos se levantó de la mesa y volvió con una botella de buen champán, en cada mano, dándoselas a los presentes y eso que el detestaba las bebidas alcohólicas.

Era un artista que sentía profundamente cualquier manifestación del Arte y se interesaba por todo lo bello, desde un cuadro o una escultura de mármol hasta un acto de heroísmo.
Sentía curiosidad por todo. Había leído una multitud de libros.

¿Qué eran, comparados con él, los hombres políticos del Occidente democráticos, impregnados de mediocridad?. Por ejemplo, Briand que pensaba que el Concilio de Trento, creyendo entender treinta, creía había sido alguna reunión de treinta personas famosa por algo... O un Laval que, enviado a Londres para visitar su torre, pregunto "¿Que torre?" ¿Quién se acuerda de un Deladier, de un Blum o de un Raynaud?. O, en Bélgica ¿de un Pierloto de un Guttenstein?. Los jóvenes no tienen ni la más remota idea de quienes pudieran haber sido los tales citados. Pero de Hitler, quiérase o no: ¡Continuará, por siempre, en el recuerdo de los hombres!.
Allí, con él, pasé horas extraordinarias. Hitler me demostró ser un hombre tranquilo y serenamente satisfecho... Habló del Frente y también de Política. Todo lo que le decía, confirmaba aquello de lo que habíamos hablado tan extensamente en nuestro primer encuentro, 8 años atrás, en julio de 1936. Ambos entendíamos que, para construir Europa se precisaba reunir a todas las fuerzas del Continente...

En aquél tiempo, el destino se forjaba a la sombra de una bisagra histórica. Léon Degrelle.