Tu Camino (León Degrelle)

Tu camino es duro.

Te falta aliento. Hay momentos en que quisieras arrojar al suelo esa módula que te pesa, dejarte arrastrar por la pendiente y llegar a las granjas que humean allá abajo, como redes de azul sobre el fondo verde y gris de los prados y de los techos de pizarra.

Sientes nostalgia del agua que duerme, y de los juncos claros, del remo que salpica y del sendero llano, sin esfuerzo, a lo largo de la ribera.

Quisieras no pensar en nada, lavar tu pensamiento del recuerdo de los hombres, y, tendido sobre la hierba, mirar el cielo que pasa, surcado por el vuelo de un pájaro.

Pero no, ¡hay que seguir! No tirarás la mochila, ni dejarás caer el bastón. No mirarás tus rodillas ensangrentadas. No escucharás el clamor de los odios, ni mirarás esos ojos que sonríen maldades escondidas. Arriba es donde hay que mirar.

¡No debe vivir tu cuerpo más que para los lazos que le aprietan; tu corazón sólo debe soñar en esas cimas que tú, y los otros, debéis alcanzar!

Cuéntame, hasta el fondo, tu amargura... Creías en una inmensa alegría en cuanto llegases a lo alto, conduciendo el rebaño humano. ¡Cuánto habrás sufrido! A veces, habrás sentido asco. Lo necesitabas. Era preciso que aprendieses la lección de que las ambiciones no pagan nunca y que, tarde o temprano, abandonan al corazón que habían poseído. Ahora lo sabes ya. ¿No es cierto? Sabes ya que no hay que esperar que sea duradera ninguna de las alegrías que vienen de fuera; has aprendido a dudar de la ayuda que te pueden dar los hombres; si tu cara se enrojece, no será por las caricias, sino por los golpes de los demás.

Sin duda, no pensabas que esto fuera así. Imaginabas que, a lo largo del camino, las manos y las miradas de los demás se tenderían hacia ti, para calmar tu fiebre...

Entonces, tal vez reflexiones y decidas volver abajo.

No, hijo mío, ahora es cuando la vida empieza a ser, de verdad, hermosa, porque hemos sufrido en ella, y sólo con nuestro único esfuerzo la podremos sobrellevar.

¿Recuerdas los primeros días...? Deseabas que la ascensión fuera maravillosa, es cierto. Ibas nada menos que a liberar tu alma.

Pero recuerda lo que es capaz de llevar el hombre escondido.

¿No es cierto que creías en ese turbio placer del demonio y de los honores?

Sí, tal vez no deseabas crudamente todo esto y tenías, para juzgarlo, palabras bastante sinceras. Pero todo ello florecía, sin embargo, al borde de tus acciones, como la espuma al borde del mar. Pensabas, lealmente, que no vivías para esa orla luminosa, bella, porque estabas lejos en el confín de las playas. Pero la tentación estaba viva en tu corazón. Querías algo grande, aunque todavía tenías junto a ti, entero, tu pensamiento. Tu orgullo te consentía una violencia, un tanto cobarde.

Estabas dispuesto a cumplir tu deber.

Pero dejabas a tu conciencia añadir, en voz baja, que tal vez el deber podría coincidir con el renombre y con la ambición.

Ahora no lo crees ya y, por eso, tus ojos tienen melancólicos reflejos glaucos.

Miras al vacío. Y no debe ser así. Mira derecho, de frente, para despreciar todo lo que amabas, a pesar de que no era puro.

Los que te sublevan tantas veces, por su maldad y sus injusticias, te han ayudado más que tú mismo.

¿Lo niegas? ¿Dices que has dado en vano tu cuerpo y tu aliento, tu corazón y tu pensamiento?

¿En vano? ¿Por qué no te has dado a ellos, más dado?

¡Sólo ahora es cuando empezarás a entregarte por entero!

Era preciso que te aniquilaran las maldades de los otros. Era preciso que en la hora en que creías que ibas a hundirte, agotada tu resistencia, en las burlas de los demás y en sus desprecios, hicieras pie para seguir...

Era preciso que todos tus gestos de amor estuvieran salpicados de odio, que todos tus impulsos se mancharan, que cada palpitación de tu corazón se acompañara de un golpe en tu rostro...

Has conocido tantas veces esos últimos metros angustiosos, en que sonreías ante la meta, a pesar del sudor y de la palidez. ¡Y un segundo después rodabas, traicionado por los tuyos, perseguido por los otros! ¡Había que empezar de nuevo...!

Y, siempre, el vacío engañoso del valle te atraía y los álamos, temblorosos, parecían llamarte como una hilera de navíos, sobre el mar de los días fáciles.

Has sufrido el rigor de los combates. Te has dicho a ti mismo que cualquiera que sea la victoria, el precio es demasiado caro y no la quieres comprar.

Pensabas siempre en ti mismo, sí, para ti mismo, tan sólo por el placer humano de haber llegado al final; pero el mercado era puro engaño. Mas, si la vida no te hubiera abofeteado cien veces, ¿hubieras, acaso, comprendido, jamás, que existen otros placeres además del orgullo, de las sonrisas aduladoras y de la gloria?

¡Has adivinado la hipocresía en tantos rostros! ¡Has descubierto todas sus mentiras, toda su hiel, todas las bajezas que te tenían guardadas! ¡Esto, cada vez que emprendes el camino!

Ya no tienes derecho a nada.

Esa mirada que te vigila, esa mano que se tiende hacia a ti, esa palabra de aliento, se cargarán de oprobio y oirás el rumor confuso de los odios viperinos.

En la hora suprema de haberlo dado todo, dirán que eres un ambicioso.

En el momento en que tu corazón se sienta totalmente abandonado, te pedirán los más viles servicios.

¿Vuelves el rostro para que no te vean, a pesar tuyo, llorar? ¿Por qué? ¿Es que piensas, aún, en ti mismo? ¿Sufres todavía de la injusticia, cuando, en realidad, se trata sólo de un problema tuyo?

¡Qué trabajo le cuesta al hombre desprenderese del hombre!

¡Déjales que se abatan sobre tu vida como chacales, déjales reírse de tus sueños, déjales abrir, a todos los vientos, el secreto de tu corazón!

Sufre, que te arrojen a las bestias de la envidia, de la calumnia, de las bajezas. Soporta, sobre todo - y nada te mortificará más que ello - , que, en el trance en que no puedas más, y tus rodillas se doblen y tus ojos busquen en el aire una mirada, y tus brazos una mano amiga, entonces, cuando estés pendiente de esa palabra y de esa mirada, la palabra caerá sobre ti para deshacerte, y la mirada para hacerte sufrir; acepta, en fin, que los que quieren aniquilarte sean los que más cerca tenías, aquellos a quienes te habías abandonado, aquellos a quienes tan ingenuamente amabas, sin reservas, sin una sola reticencia.

Tus ojos tienen una angustia más patética que un grito. ¡No grites, empero! Espera a que todo lo que ayer sufriste se renueve mañana. Acéptalo de antemano. No te vuelvas, siquiera, al oír, detrás de ti, ese atroz murmullo. Bendice los golpes que recibas. Ama a los que vendrán después. Te serán más útiles que los corazones que, en verdad, te aman.

Tal vez encontrarás un día, o acaso has encontrado ya, esos afectos que te llegan a ti como una bocanada de aire puro como el perfume de las flroes campestres.

Hasta que, a fuerza de sufrir, no hayas aprendido a prescindir de ellos, no los gozarás dignamente.

Los hubieras perdido, sin duda, si no hubieras pagado, cien veces, su precio, sin la menor seguridad de obtenerlos.

Ya no cuentan para ti.

Arrójalos de tu pensamiento.

Mas, si algún día reaparecen, goza de ellos, como de uno de esos paisajes sublimes que se ven al pasear. Son un detalle. No habías venido para ver esto, no; te llamaban otras cosas: el aire, la luz de las altas cimas...

Respiras ya mejor. Ahora espera, en paz, la veradera alegría, las grandes nieves de la conciencia, blancas, brillantes, sin la mancha de una sola pisada, mudas en un dulce silencio... No pienses sino en ellas, no mires más que a ellas, apresúrate y llega, ligero, puro, lleno de sol.

Siente tus debilidades y tus faltas; arrepiéntete de ellas, y sólo de ellas. Tu orgullo, tu renombre, los ímpetus de la vanidad de las horas, ya lejanas, de la partida, todo esto arrójalo más allá de las rocas...

¿No has oído cómo se rompían, rebotando...? ¡Bien muerto está todo ello! La amargura y el abandono, en lugar de indignarte, serán tu sostén por el camino que se abre; esos perros que aúllan guardarán el rebaño de tus pensamientos; sin ellos, ¿qué sería de ti?: tendrías que detenerte, te perderías, sin rumbo. No pierdas ni un instante. Estás, aún, muy lejos. Y debes llegar hasta arriba...

Cuando alcances esas inmensidades puras, se hará un gran silencio detrás de ti. Todos los que gritaban apostrofándote, los que te odian, los que querían aniquilarte a pesar de sus sonrisas, todos los que te seguían por el camino, pero para golpearte, se darán cuenta, bruscamente, de que detrás de ti, ellos también han llegado arriba, a las nieves puras, al aire nuevo, a los horizontes recortados sobre el cielo... Entonces olvidarán su odio y te mirarán con ojos maravillados de niño. Habrán descubierto lo esencial. Sus almas se habrán alzado hasta las cimas que jamás se hubieran atrevido a aceptar como meta, si las hubieran visto. Pero se lo impedía tu espalda, la espalda que ellos golpeaban.

Entonces la victoria será tuya... Podrás, después de haber dado hasta tu último esfuerzo, caer, con los brazos en cruz, desde la gran cima, y rodar, con los guijarros, hasta el fondo del lejano abismo. Todo habrá terminado. La victoria será tuya. Volver a bajar ya no tendrá importancia; habrás dejado la vida con el último esfuerzo, pero los otros estarán allí, al borde de las inmensidades, virginales, de su redención...

¡Canta! ¡Que tu voz resuene en los valles profundos!

No te arrepientas de tus lágrimas.

Lo más duro está ya hecho. ¡Ahora, resiste y resiste! ¡Aprieta los dientes y pon una mordaza a tu corazón! ¡Y sube!
Extraído del Foro NacionalSocialista Ortodoxo.