La Raza de los Judíos (Gottfried Feder)

El hecho de que los judíos constituyen un grupo consanguíneo desde hace más de dos mil años, (las excepciones no cuentan pues los matrimonios con no-judíos y no-judías, que luego por lo general se convierten a la fe mosaica tienen lugar ocasionalmente y sobre todo en los últimos tiempos), cada judío, cada judía, es descendiente sólo de judíos. Todos los aproximadamente millones de judíos de nuestros días son descendientes de los 3 o 4 millones de judíos de la época de la implantación de la ley racial bajo Esdras y Nehemías. Esta realidad justifica la calificación popular de raza judía, lo que sucede tanto de parte no-judía como de parte judía. El profesor Hans F. K. Günther, a quien debemos un pormenorizado estudio, La raza del Pueblo Judío,- señala que los judíos no representan, en manera alguna, una raza, sino al contrario, una mezcla de razas... (pero) "entre los judíos se hallarán muchos más hombres 'típicamente judíos' que entre los franceses, 'típicamente franceses', entre los ingleses, 'típicamente ingleses', y entre los alemanes, 'típicamente alemanes' ", y de la misma manera los judíos se destacan en cuanto a su peculiaridad anímica de entre los demás pueblos como un grupo aparte. Lenz escribe en La doctrina de la herencia humana y la higiene racial (1927): "Más pronunciada aún (que las características físicas) es la peculiaridad espiritual de los judíos". El gran antropólogo francés Georges de Lapouge, que por muchos es considerado el fundador del movimiento nórdico, dice en su obra fundamental sobre el ario (L´Aryen et son róle sociale) (El ario y su rol social, París, Albert Fonternoing, 1899) en su preciso estilo: "Los judíos son rubios, los judíos son pardos, pero en todas partes son los mismos: altaneros en el éxito, rastreros en la desgracia, reticentes, estafadores en grado máximo, grandes acumuladores de dinero, así como intelectualmente son improductivos en cuanto a originalidad". Según la exposición de Günther en la mencionada obra, la raza asiática o armenoide ha actuado en forma especialmente decisiva en los judíos. Caracteriza a esa raza de la siguiente manera: "La raza asiática es de mediana estatura, rechoncha, de cabeza corta, con cráneo posterior empinado, que produce el efecto de haber sido cortado, cara medianamente ancha, de nariz fuertemente prominente y de aspecto muy vigoroso, que en su porción cartilaginosa se dobla o encorva hacia abajo, terminando en un extremo muy carnoso. Las carnosas aletas de la nariz se insertan bien altas, a menudo como si estuvieran contraídas lateralmente hacia arriba; el tabique nasal se prolonga más hacia abajo, de modo que se ve mucho más de él que en las otras razas. Los labios son bastante carnosos, el labio inferior se proyecta más hacia adelante que el labio superior, y tiene a menudo un algo de colgante o prominente. La hendidura labial es bastante ancha, a veces llamativamente ancha. Las orejas son relativamente grandes y carnosas El cabello es pardo o negro, por lo general rizado, a menudo encrespado; los ojos son parduzcos, igual que la piel. El vello corporal y la barba son muy fuertes. Las cejas son tupidas y frecuentemente unidas encima de la nariz. Las cualidades anímicas de la raza asiática pueden investigarse en la actualidad mejor dentro de aquellos pueblos que poseen un fuerte aditamento de esta raza, así por ejemplo los griegos actuales, turcos, judíos, sirios, armenios y persas. Se ha atribuido a la raza asiática un especial espíritu comercial, una "especial habilidad en el comercio y la comunicación" (Lenz). También parece, como si esta capacidad comercial dentro de los pueblos con mezcla asiática se manifestara con tanta mayor intensidad, cuanto más rico sea tal ingrediente asiático. Von Luschan, al tratar de la "conocida habilidad comercial" de los judíos en su obra última - Pueblos, Razas, Lenguas (1922), observa que este rasgo no es privativo de los judíos, sino que también pertenece a los griegos y armenios actuales: "Esto se desprende ya del hecho que en todo el Oriente, en las ciudades habitadas preponderantemente por griegos y armenios los judíos sólo difícilmente o nunca pueden asentarse: El gracejo popular expresa esto en forma drástica diciendo que a siete judíos corresponde recién un griego, y a siete griegos recién un armenio, lo que quiere decir que un armenio sería cuarenta y nueve veces tan astuto y tan hábil para los negocios que el judío". Si de esta manera el armenio aparece como el más listo y el más hábil para los negocios, por otra parte el pueblo armenio se presenta también como el pueblo con la más intensa preponderancia de la raza asiática. La raza asiática se caracteriza también por su dote para el arte dramático y ante todo para el arte musical, además por una tendencia a la crueldad calculadora. La capacidad para la estructuración de un Estado y para el mantenimiento del mismo parecen faltarle a la raza asiática. Un Estado que abarque una población preponderantemente asiática, o un Estado conducido en su mayoría por asiáticos no puede, al parecer, en una situación especial, hacerse valer como una potencia pese a sus conexiones comerciales y la riqueza adquirida por su intermedio. Si las cualidades formadoras de Estados de la raza asiática son reducidas, en cambio la tendencia y la capacidad para la constitución de comunidades religiosas así como de comunidades más o menos secretas, semi-religiosas, semi-políticas, es característica de toda el Asia Anterior. Como un rasgo esencial del asiático, Günther destaca la "tendencia a acrecentar su estado de exaltación" (página 34): "Los seres humanos de raza asiática son capaces de exaltarse en sus sentimientos, en parte impelidos por éstos, en parte espoleándose ellos mismos: vertiginosas erupciones de alegría constituyen, lo mismo que vertiginosas y simultáneamente profesionales lamentaciones mortuorias, expresiones propias del alma racial asiática, al igual que esta alma racial permite reconocer en el arte expresionista del pasado reciente, en actores, abogados, oradores y predicadores judíos, ese rasgo de acrecentamiento de su estado de exaltación. Una intención de obtener poder psíquico sobre las comunidades mediante la paulatina exaltación de sus sentimientos, y su dominación por un carácter extraño, domina a muchos seres humanos de raíz asiática, que finalmente pueden adquirir un poder arrebatador sobre seres accesibles a tales influencias. El goce del poder sobre las comunidades que han ido formando en su derredor mediante estos métodos de exaltación creciente y a las que saben arrastrar como agitadores y predicadores, parece verdaderamente constituir uno de los instantes máximos para los asiáticos". De estas descripciones del hombre asiático en cuanto a sus cualidades corporales y anímicas se desprende con toda claridad que los judíos, que efectivamente provienen del círculo de los pueblos asiáticos y tienen sin duda alguna en la población primigenia de Palestina igual base racial, presentan en una gran parte estas cualidades corporales y anímicas, pero éstas no constituyen al judío en su totalidad. Llama la atención en los judíos el aditamento africano, que se remonta a negros genuinos y a la así llamada raza hamítica o etiópica. No es de nuestra incumbencia ocuparnos de la procedencia de este factor. La cercanía de Egipto durante la época palestinense de los judíos lo explica suficientemente. Durante el período anterior a Esdras, los matrimonios con egipcias estaban expresamente permitidos. El 50 libro (23, 8, 9) de Moisés dice: "Los hijos que nacieren de ellos (de los egipcios) a la tercera generación entrarán en la congregación de Jehová", es decir, que serán admitidos en la comunidad sanguínea. La raza hamítica o etiópica puede ser considerada como una raza originada por el cruce con negros genuinos. Pero también debe haber afluido a los judíos directamente sangre de negros genuinos, principalmente proveniente de los esclavos, que fueron circuncidados y con ello incorporados a la comunidad religiosa. Esto constituyó, en muchos casos, el paso previo a la admisión en la comunidad sanguínea. Los caracteres negroides de los judíos se evidencian en primer término en el cabello crespo, lanudo muchas veces tan enmarañado que constituye un verdadero filtro - (que puede, empero, ser ocasionalmente también rubio, sobre todo en la juventud), en los labios gruesos, salientes. Con menos frecuencia se manifiesta en ellos la figura zancuda de ciertas tribus de negros hamíticos: piernas muy largas y desprovistas de pantorrillas. Es por los caracteres negroides que el judío se diferencia más nítidamente de nuestros pueblos europeos. De igual intensidad que el componente asiático, es entre los judíos el oriental. Pero no es debido a estos diferentes componentes raciales que se originó la índole especial de los judíos que tan nítidamente se destaca, sino debido a la estrecha consanguinidad de una duración actualmente de más de dos mil años. Por cierto que no es posible reconocer de inmediato a cada judío como tal, y si los judíos afirman con respecto a sí mismos que reconocen de inmediato a cada miembro de su pueblo en un grupo, probablemente ni eso será siempre el caso. Con todo eso puede decirse que en el pueblo alemán se reconoce como judío de inmediato al 80 por ciento de éstos, en el francés sureño y más aun en el italiano sureño o hasta en el pueblo español quizás solamente un 60 por ciento, quizás aún menos. Una mayor práctica en esta tarea permitirá entre nosotros reconocer de inmediato como judíos a un porcentaje aún mayor. Tal entrenamiento es de todas maneras necesario pues el judío, desde tiempos antiguos, se esfuerza con sumo afán de igualarse en todos los caracteres exteriores al pueblo entre el cual vive en ese momento: adopta la vestimenta, el corte de cabello, etc., y gusta emplear también el dialecto especial, sobre todo en Berlín y en Viena. No es en virtud de ciertas características excepcionales por las que se reconoce al judío, sino por la frecuencia de determinados caracteres que por lo demás también pueden aparecer en la población no judía, pero son allí mucho más raros. Ciertamente existen muchos alemanes, franceses, ingleses, que tienen cabello crespo o los pies planos, pero, por supuesto, no todo hombre de cabello crespo y de pies planos es judío, ni siquiera medio o un cuarto judío: Pero entre los judíos el cabello crespo y los pies planos aparece con mucho mayor frecuencia que entre los alemanes, franceses, ingleses etc. Por lo general, sin, embargo, se encuentran varios caracteres reunidos. Sí un hombre tiene cabello crespo, pies planos, una nariz retraída en forma de 6, piel grasosa, orejas colocadas en forma peculiar, y la mirada melancólica, astuta e indefinida que en los judíos se observa con tanta frecuencia, será difícil suponer que se esté en presencia de un ario total. En tales casos es por consiguiente indicado hacer confeccionar el árbol genealógico exacto de la persona en cuestión -por parte de padre y madre antes de dar crédito a su eventual protesta de que de ninguna manera tiene sangre judía. Dado que los judíos, como hemos explicado, constituyen un grupo consanguíneo tan cerrado, estos caracteres típicamente judíos aparecen en ellos automáticamente. Por lo general, mientras que en los alemanes, franceses ingleses, etc. se presentan en la mayoría de los casos, aisladamente. El que acaso tenga cabello crespo, no presenta en el resto de su cuerpo a menudo otro signo de esta naturaleza, es decir, de ninguna manera nariz en forma de 6, colocación "Judía" de las orejas, etc. El modo peculiar de hablar el alemán de los judíos no es de manera alguna solamente una costumbre. También en este caso: no todo judío habla como judío, pero la inmensa mayoría de los judíos hablan de ese modo y hablan como judíos en cualquier idioma, en cualquier dialecto, en el idioma particular de cada círculo social. El acento judío en su forma de hablar es tan intenso, que ni uno solo de los escritores judíos de lengua alemana se encuentra libre de él. Mientras que p. ej., es difícil leer a Schiller o a Goethe en alta voz al modo judío, notándose muy pronto que en ese caso el tono del idioma contradice por completo el estilo judío de hablar. No existe casi ningún renglón escrito por un judío que no pueda ser leído al modo judío, quedando luego grabado indeleblemente en la entonación judaica. El que alguna vez se haya recitado para sí mismo en voz alta al modo judío la Loreley de Heinrich Heine, ya no puede escucharla en otra forma:

Ich weiss nicht, was sofi es bedeuten, Dass ich so traurig bin... ("Yo no sé lo que debe ello significar, que yo estoy tan triste").

La simple frase "Ich weiss nicht, was soll" es típicamente el modo de expresión judío. Y lo mismo experimenta todo aquel que posea un oído algo fino, con Arthur Schmitzler, Hugo von Hofmannsthal, Stefan Zweig, Jakob Wassermann y como se llaman todos estos judíos literarios "alemanes" de hoy día. Si un judío no habla como judío, lo ha logrado únicamente mediante una severa práctica. En la mayoría de los casos necesita además, para lograrlo, la ayuda de los no-judíos con los cuales habla. En cuanto haya varios judíos en un círculo, no tardarán a pesar de todo en hablar como judíos, sobre todo, si constituyen la mayoría. Cuando se encuentren entre sí, es seguro que todos hablan al modo judío. La expresión judía se encuentra por otra parte también en la música judía y eso por igual en los músicos judíos "creadores" que en los intérpretes. El que observe en tal sentido la música de Félix Mendelssohn y de Gustav Mahler, comparándola con la música de artistas arios como Johann Sebastian Bach, Mozart, Liszt, Wagner, Bruckner, etc. debe darse cuenta de esto aunque no esté especialmente dotado en el campo musical o interesado en el mismo. Igualmente se expresan en forma judía los pianistas y violinistas judíos y muy especialmente los tenores y barítonos. Günther escribe en el estudio de referencia (página 59) con respecto al modo de hablar judío: Seguro es que el modo de hablar judío no puede ser explicado únicamente por disposiciones corporales, factores hereditarios de los órganos del lenguaje, sino también por los rasgos heredados de comportamiento psíquico de las razas que actúan dentro del judaísmo. Las influencias de factores hereditarios físicos se habrán de buscar más bien en los sonidos de una lengua, las influencias de índole anímico-racial en la entonación. Los judíos manifiestan inequívocamente, además, por su tendencia hacia determinadas profesiones, la preferencia que dan a las mismas y la frecuencia de determinados delitos entre ellos, su posición especial con respecto al mundo circundante. El judío se comporta en todos estos puntos de una manera peculiar. Siempre y en todas partes en un primer momento el judío ha tenido acceso a todas las profesiones, si se deja a un lado el sacerdocio de las religiones no judías, para las cuales sin embargo habilitaba de inmediato la conversión. Los judíos pudieron llegar a ser siempre y en todas partes labradores y artesanos, pero sólo llegaron a serlo en muy pocos casos. Ya en la antigüedad no se les ve fuera de Palestina en ningún lado como cultivadores del campo. Tampoco la artesanía los atrae. La inmensa mayoría de los judíos se dedica a los negocios, y en forma especial, a los negocios con dinero. Los judíos son casi completamente extraños a los demás pueblos y al producto de la laboriosidad de éstos. Sólo se sienten a sus anchas frente al dinero puro. Este, que es considerado por la auténtica economía natural aria únicamente como un medio para un intercambio más fácil del producto del trabajo, tiene para ellos un valor propio, y sus esfuerzos están dirigidos en el sentido de hacer creer a los pueblos arios igualmente en un valor propio del dinero que está en sus manos. Desde este punto de vista se comprende el rabioso combate contra el quebrantamiento de la servidumbre del interés por parte de los judíos y de los no-judíos que de algún modo están comprometidos con ellos o son sus tributarios. Por lo que se refiere a los delitos, aquellos que estén relacionados con el comercio, con el negocio, ante todo con el negocio financiero, son entre los judíos incomparablemente más frecuentes que en los no-judíos. No se tiene conocimiento de manipulaciones delictuosas algunas por parte de los orgullosos banqueros de Frankfurt del Main pre-roffischileano, los Betmann y los Schonemann de la época de Goethe. Recién la inundación de la actividad bancaria por los judíos ha quebrado en este terreno la anterior severa moral comercial haciendo aparecer fenómenos tales como los que precisamente desde noviembre de 1918 son entre nosotros triviales. Sobremanera frecuente son entre los judíos los crímenes relacionados con la sexualidad. Pero solamente una reducida parte de los mismos adquiere estado público. Pues, como los judíos tomados en su totalidad poseen incomparablemente más dinero, ante todo más dinero en efectivo que la generalidad de los no-judíos, están en condiciones de tapar muchísimos crímenes con dinero. De ahí se explica que los judíos, como hace notar Günther (página 277) "Dentro del Reich alemán participan menos de los delitos contra la moral tales como estupro, impudicia contra niñas y pederastía". En cuanto sea ello necesario, la solidaridad judía aboga por el criminal contra la moral de la misma manera que lo hace por cualquier otro judío criminal, logrando por lo común que sea considerado y tratado como un infeliz enfermo mental, digno de la mayor conmiseración. A fin de preparar los ánimos para tales casos, también los criminales lascivos no-judíos -recuérdense los casos Harmann y Kürten - son presentados en los diarios judíos como enfermos mentales igualmente dignos de lástima, y su condena a penas de prisión o hasta de muerte es calificada como un acto de barbarie, que está en contradicción con las ideas "modernas". La posición de los judíos hacia su mundo circundante es fijada por el hecho que los judíos siempre y en todas partes erigieron una barrera sanguínea entre sí y el pueblo en medio del cual habitaban, sintiéndose frente a él como un pueblo extraño y elegido. El Talmud expresa esto en un pasaje muy citado (Tratado Baba mezia, 144 b) con la siguiente frase: "Vds. judíos, sois llamados seres humanos, los pueblos del mundo, empero, no son llamados seres humanos, sino bestias. ("Vieh")." En forma similar dice en el Jalkut Rubeni (10): "Los judíos, dado que sus almas provienen de Dios, son seres humanos; las almas de los no-judíos, en cambio, provienen del espíritu impuro, y por tal razón son llamados cerdos o bestias. Y en diversos lugares se repite que "a los gojim (pueblos, no-judíos) se les ha dado figura humana solamente para que los judíos no tuvieran que dejarse servir por animales con figura de animales, sino que fueran servidos por animales con figura humana" Esta opinión con respecto a sí mismos y a los no-judíos culmina en el hecho que al judío le está todo permitido con respecto al no-judío, igual que con respecto a un animal, que no existe por lo tanto un crimen cometido contra el no-judío, como tampoco contra un animal. Hasta se encuentran pasajes en los que aparece "como una obra grata a Dios" el haber llevado a un no-judío de la vida a la muerte, y una expresión similar suele ser conocida en su texto hebreo y es familiar a todo judío, aún a aquél que se halle apartado del mosaismo y que no entienda ya ninguna palabra de hebreo: Tob sche begoim harog. Esto quiere decir; También al mejor entre los no-judíos has de matar a golpes. Se hallará esta frase en el Sohar (III, 14/3). En forma similar dice el Schulchan Aruch, (recopilación extraída del Talmud) y en el Choschen hamischpat (425 Haga): "Todos aquellos que renieguen de la Thora, pueden y deben ser ultimados. Si se tiene el poder, deberá hacérselo públicamente. Si no, se lo hace secretamente " Estas y otras frases análogas que en gran número pueden ser recopiladas en los libros de la ley religiosa de los judíos, son la expresión del "alma, racial judía", y el hecho de que en ellas hablase la autoridad religiosa actuó poderosamente para reforzar tal rasgo, y de este modo la falta de escrúpulos en los procedimientos mercantiles frente al no-judío, alcanzó en el judío un nivel sorprendente. Günther escribe a este respecto (página 275): los judíos acusan "una participación mayor, en parte mucho mayor, en diversos delitos conexos con los oficios, el comercio y el tráfico del dinero", citando la siguiente síntesis de Wulffen: "Los judíos, que en su mayor parte actúan en la industria y el comercio, también muestran en los delitos de estas ramas de la economía, en los renglones defraudación, extorsión, falsificación de documentos, bancarrota fraudulenta y simple, usura y delitos contra la reglamentación de los oficios, una más elevada criminalidad frente a los cristianos". En nada se manifiesta en forma tan patente la predisposición a ciertas clases de crímenes como en la jerga de los ladrones, en el Chochemer Loschen. Hubiera sido completamente imposible que este idioma estuviere entretejido de centenares de palabras hebraicas y en jiddish, si no hubieran participado extraordinariamente muchos judíos en la actividad del hampa desde la Edad Media hasta hoy, y constituido sus jefes. En la época de la post-guerra se observó en tal sentido que numerosas expresiones propias de la jerga que integraban el idioma de los judíos durante la guerra y después de ella, penetraron en la comunidad alemana, siendo en parte aún hoy conocidos y usuales.