La Ley Racial de los Judíos (Gottfried Feder)

Con anterioridad a la época en la cual los judíos llegaron a ser un grupo racial, existe una historia de más de mil años de duración del país, dentro del cual se fue plasmando ese grupo racial: Palestina. Hasta muy avanzado el siglo XIX, esta historia descansaba casi únicamente en los datos suministrados por el Antiguo Testamento; recién en el curso de dicho siglo se agregaron nuevas fuentes, particularmente las epístolas de Tell-Amarna, que por primera vez mencionaron a los Habiru - los Hebreos - como tribus nómadas en avance impetuoso; luego informaciones egipcias y finalmente las excavaciones en Palestina misma. No puede hacerse aquí la historia pormenorizada del judaísmo. Al respecto existe, ya la obra detalla de Otto Hauser Historia del "Judaísmo" (Editada por Alexander Duncker, Weimar, 1921), donde especialmente han sido recopilados y verificados por primera vez todos los datos referentes a la raza. De esta obra surge con claridad que antes de la época de Esdras y Nehemías, cuya ley - a considerar más adelante - hizo de los judíos un grupo racial, antes del siglo V a.C., la población de Palestina no era de ninguna manera uniforme A la población primigenia se superpuso una capa de señores rubios, que además de ninguna manera hablaban todos idiomas semíticos, sino, como ha sido comprobado, en parte hasta indogermánicos (Arios). También en el idioma hebreo se encuentran algunos componentes de parentesco lingüístico indogermánico. Si observamos la raza de la población primigenia de Palestina de acuerdo con los testimonios y con la composición racial actual de los judíos, podemos encontrar representado con especial pureza en los actuales armenios. Ya las pinturas egipcias antiguas muestran semitas armenoides de piel parda y barbas negras como habitantes de Palestina. Ante todo las peculiares narices, con los dorsos encorvados y las alas retraídas, pero también los ojos por así decir pesados y los labios gruesos están nítidamente representados. Asia estuvo, sin lugar a dudas, habitado ya en tiempos prehistóricos preferentemente por tales armenoides que hasta hoy día prevalecen allí. Con plena razón existe la frase: "Los imperios pasan, los pueblos subsisten." Esto quiere decir: El Estado, fundado acaso en cualquier lugar por un pueblo señorial extraño y que descansa sobre la existencia de ese pueblo señorial, puede, por el hecho que ese pueblo se disuelva en el autóctono, se confunda con la sangre del mismo y con el tiempo vaya perdiéndose, volver a desaparecer con el tiempo, pero la ancha masa de la población autóctona queda. Este proceso puede descubrirse en todas las épocas y en todos los lugares de la historia de los distintos países, y como la mayoría de éstos, también Palestina ha experimentado, no una sola vez la fundación de Estados y la dirección estatal por un pueblo señorial extraño, sino varias veces. Mas también debe tenerse en cuenta que el interior del Asia con sus pueblos mongólicos y el Africa con sus negroides estaban suficientemente cerca, de modo que es de admitir, que ya en tiempos muy antiguos sangre mongoloide y negroide habrá penetrado dentro de la sangre asiática de la población primigenia palestinense. Como pueblos nórdicos en su capa señorial deben ser considerados los siguientes dominadores de toda Palestina y al menos de partes esenciales de la misma (este dato aparece por primera vez en Historia del "Judaísmo"): El pueblo nórdico de los monumentos megalíticos.

- Los rezenu (2000 a.C.).
- Los amorreos (amorritas) (1500 a.C.).
- Los hititas. (1400 a.C.).
- Los horitas (1350 a.C.).
- Los filisteos (1200 a.C.).
- Los edomitas (1200 a.C.).

También en el transcurso del tiempo que ya recibe la plena luz de la historia, pueblos nórdicos volvieron a ser repetidas veces los señores de Palestina: Los persas, los macedonios y los romanos. Pero para la composición del pueblo judío estos pueblos señoriales más tardíos ya no entran en consideración, pues mientras tanto había sido erigida la ley racial, que excluía la incorporación de sangre extraña proveniente de estos pueblos o al menos la limitaba a unos pocos casos aislados, cuyo efecto debía desaparecer dentro de la masa total. Los hebreos son mencionados como "habiru" por primera vez en las epístolas de Tell-Amarna ya citadas. Se trata en su mayor parte de cartas escritas con letras cuneiformes en idioma babilónico sobre tablas de alfarería, que por los distintos gobernadores fueron dirigidas al rey de Egipto. Palestina pertenecía entonces - alrededor de 1400 a.C. - a Egipto. En una de estas epístolas, Púti-Chipa, el príncipe de Urusalim (Jerusalén) ruega a su superior egipcio el envío de tropas auxiliares contra los habiru en favor de los cuales había defeccionado ya una ciudad de su territorio, Bit-Lahama (casa de la deidad Lahama), más tarde llamada Bethlebem (Belén). Hacia 1230 a.Cr. se enuncia por primera vez en una inscripción egipcia el nombre Israel: "Israel. Sus gentes son pocas, su simiente está toda perdida." El nombre "Judíos" se encuentra fuera de la Biblia por primera vez en una inscripción del rey Tíglatpilesers III de Assur; allí se menciona alrededor de 735 a.Cr.- a "Azrijau, rey de. los jaudi" (Asarja, rey de los judíos.). En el Antiguo Testamento el nombre judío es llevado, por lo pronto, únicamente por la tribu más sureña, pero ya en los tiempos helénicos y especialmente en el Nuevo Testamento aparece sin embargo como nombre principal del pueblo. No debemos de ninguna manera considerar a la población de Palestina en tiempos antiguos como una unidad. El dominio sobre los hebreos no trajo ni aproximadamente la fusión. Que allí vivían pueblos diferentes, eso era de conocimiento general en la época del profeta Ezequiel. 600 a.Cr. Ezequiel pudo decir refiriéndose a Jerusalén (16,3): "Tu padre fue un amorreo y tu madre una hitita." Recuérdese también que aquel Uria, al cual envía David "la carta a Uria", es designado expresamente como hitita. Es probable que también la mujer del mismo, Bathseba, que llegó a ser la madre del rey Salomón, haya sido hitita y Salomón por consiguiente hitita por parte materna. La fusión no puede haber sido frecuente y tuvo lugar en un ámbito mayor recién en la época del exilio babilónico (586-536 a.Cr.). En Babilonia los judíos se mantuvieron como un grupo cerrado en sí y prontamente llegaron a adquirir riqueza, influencia y poder. Con sagaz reconocimiento de la situación se inclinaron hacia la nueva estrella surgiente de los medas, y los servicios que prestaron a Ciro indujeron a éste a mostrárselos favorable. Ya Ciro permitió a un cierto número de judíos volver a Palestina y reconstruir el templo (538 a.C.) Con posterioridad los judíos obtuvieron aún otras ventajas. Alrededor de 44 a.Cr. se les permitió también reconstruir la muralla de la ciudad de Jerusalén. Esto sucedió bajo Nehemías, a quien el rey de los Persas, Artajerjes I, había enviado como gobernador a Jerusalén. Alrededor de 430 a.Cr. se autorizó, a aproximadamente a 6000 judíos (entre ellos cerca de 1800 hombres adultos), a volver desde Babilonia a Palestina. Bajo la gobernación de Nehemías, el sacerdote Esdras implantó la ley racial. Esta ley ha creado al pueblo judío actual. De ahí a que los judíos vean en Esdras, con razón, al refundador de su pueblo, al segundo Moisés. En las obras más conocidas sobre los judíos no se hace resaltar suficientemente en ninguna parte la importancia de la ley racial de Esdras. Constituye el mérito de Otto Hauser haber vertido plena luz sobre la importancia de esta ley en su citada Historia del Judaísmo y en la serie de artículos titulados Judíos y Alemanes (aparecido primero en la revista El Sol, años 1926 y 1927, y publicados luego en forma de libro por la casa editora Der Mensch de Danzig-Leipzig). Los libros de Esdras y Nehemías del Antiguo Testamento contienen los relatos referentes a los acontecimientos que acompañaron a la implantación de la ley racial. De ahora en adelante, el judío debía casarse únicamente con una judía. La ley fue hasta retroactiva: Las mujeres de origen extraño y los hijos e hijas de las mismas fueron eliminadas de la comunidad popular. Una lista seguramente incompleta de los matrimonios afectados, ha sido conservada en el libro de Esdras (10, 18 y siguentes). Es importante llamar la atención sobre esto, ya que de parte judía es difamada como un acto de barbarie la segregación de los habitantes de origen extraño al de nuestro pueblo, exigida por nosotros los Nacionalsocialistas: El pueblo judío debe su conservación hasta el presente única y exclusivamente a esta segregación y al futuro apartamiento de las personas de origen extraño. Mediante la ley racial de Esdras y Nehemías, el judaísmo "fue fundado como unidad racial" (Historia del Judaísmo,- p. 175). Desde ese momento y hasta los tiempos presentes el judío se ha casado únicamente con una judía. Las excepciones son sumamente raras. Sólo en una oportunidad fue incorporado al judaísmo un número mayor de extranjeros. Por Hoannes Hyrkan, alrededor de 120 a.Cr., los edomitas (idumeos), del sur de Palestina, de estirpe y lengua emparentada, fueron obligados a aceptar la circuncisión. Aristóbulo I hizo lo propio con los galileos también emparentados por sangre e idioma. De éstos, los edomitas que deben ser considerados como un pueblo originariamente rubio (según su héroe tribal Edom, cuyo nombre se remonta a la misma raíz que admoni "rubio") probablemente habrán aportado una considerable cantidad de rubios; en los galileos, en cambio, los troncos allí transplantados desde el sur de la Mesopotamia se habían deshecho, y éstos habrán infiltrado al pueblo del Estado del norte, quizás más claro, de sangre bastante obscura, presumiblemente de raza dravidoide (semejante a los gitanos). Contra los edomitas y los edomitas "paganos" existió por parte de los judíos aún un siglo más tarde, en época del Nuevo Testamento, una aversión, que incidió particularmente sobre la casa de los herodeos, provenientes de Edom. Mientras que el judío se casaba siempre exclusivamente con una judía, procreando con ella su linaje y su pueblo, las hijas judías pudieron en todos los tiempos, lo que debe ser destacado, unirse a hombres extraños. La judía Esther, que como amante del rey de Persia Ahasveros preservó a los judíos de un pogrom, organizando un cambio un pogrom contra los persas, es un alto ejemplo del objeto que tienen estas uniones. Es precisamente a través de sus hijas que los judíos han sabido llegar a adquirir influencia y posición de poder. Pero esto nunca incidió sobre la comunidad popular judía. Por el contrario, se introdujo así sangre judía en los demás pueblos, pero no sangre extraña entre los judíos.