El Ministro Argentino del III Reich (Karl Santhrese)



El dato puede sorprender a algunos, pues lo cierto es que un argentino fue un gran jerarca Nacionalsocialista que luego integró la SS e incluso fue uno de los teóricos más destacados del Racismo Nacionalsocialista. Fue Ministro de Agricultura del III Reich y Jefe de la Oficina Central para la Raza y el Reasentamiento. Fue este pensador argentino el que dio forma a la doctrina de “Sangre y Suelo” entre otros importantes aportes. Colaboró con Himmler en la creación de la Lebensborn, o Fuente de la Vida, eran centros de maternidad eugenésica constituyendo los poco conocidos campos de la vida donde se criaba la raza pura según el ideal Nacionalsocialista.

Walther Darré, nació en Buenos Aires, Argentina. Hijo de Richard Darré. A pesar del apellido vasco-frances era de origen germano. Había llegado a la capital Argentina alrededor de 1890 para abrir la oficina local de Engebert Hardt & Company, una compañía de comercio agrícola.

En Buenos Aires conoció y se casó con Emilia Lagergren, una argentina de ascendencia sueca y alemana. Tuvieron cuatro hijos en la Argentina. El primero de ellos fue Ricardo Walther Oscar Darré, nacido el 14 de julio de 1895. Darré curso sus estudios escolares en el colegio Alemán de Belgrano.

En el año 1909 Darré es enviado a estudiar en Alemania donde fue alumno de un colegio evangelista. Al poco tiempo fue enviado pupilo al Wimbledon Kings College School, en Inglaterra. Luego ingresa en el colegio Witzenhausen , donde se entrenaba a los jóvenes que luego irían a colonizar los territorios alemanes en África. Estos planes debieron ser abandonados cuando comenzó la Primera Guerra. Darré fue alistado. Luchó en Francia como oficial y recibió varias condecoraciones. Luego de la guerra, Darré se recibió de ingeniero agrónomo y administró algunos campos en Alemania hasta el año 1922, cuando
ingresó a la Universidad de Halle y se recibió de biólogo. En la primavera de 1930 Darré se recluyó en la casa de la familia Schultze-Naumburg en Saaleck para escribir su obra máxima "Der Neuadel aus Blut und Boden", (La Nueva Nobleza de la Sangre y el Suelo).

Este libro llego a manos de Himmler, el cual se hace amigo de Darré y al poco tiempo lo incluyo en las SS, para que siguiera con sus estudios y sus investigaciones. Cuando Adolf Hitler llega al poder nombra a Darré como Ministro de Agricultura.

El 29 de septiembre de 1933 Darré inició una revolución agrícola con una ley que le valió una gran popularidad a Hitler entre los agricultores.

La ley creaba la figura del Bauer (campesino) cuyo Erbhof (bien hereditario) era indivisible, inajenable, heredable solamente por el hijo primogénito, inembargable, no hipotecable y estaba exento de impuestos.

Como Ministro de Agricultura, Darré se convirtió en el Reichsbauernführer (Führer de los Campesinos del Reich). Algunos puntos principales de la ley:

- Sólo quien es de sangre alemana o de razas asimiladas puede ser campesino.
Quien, por sus antepasados paternos o maternos, tiene sangre judía o de color, no es de sangre alemana o de razas asimiladas.
-
Antes que la hija tienen derecho a la herencia los nietos, el padre, los hermanos, los sobrinos y sobrinos nietos. El sexo masculino tiene la prioridad.
- Los hijos adoptivos no heredan.
- Se contemplan los casos de pobreza inmerecida en los cuales los hijos menores tienen derecho a habitar el Erbhof del primogénito.
-
Tanto el bien hereditario como su cosecha agrícola son inembargables por una deuda de dinero. - La ley llevaba las firmas del canciller del Reich, Adolf Hitler, y del Ministro de Agricultura Richard Walther Darré.

En el año 1933 Darré es nombrado jefe de la Oficina Central para la Raza y el Reasentamiento, mejor conocida bajo su sigla RUSHA (Rasse und Siedlungs Haupt Amt). En un principio la RUSHA se encargaba de verificar la ascendencia de las mujeres de los oficiales de las SS. En diciembre de 1935, el Reichsfúhrer ordeno a la RUSHA que estableciera la Lebensborn, o Fuente de la Vida, eran casas de maternidad donde las mujeres solteras racialmente sanas y puras, procreaban gran numero de hijos igualmente sanos y puros, los sementales eran cuidadosamente elegidos, muchos de ellos eran soldados heroicos del frente de batalla que eran interrumpidos solos por un tiempo. El ideal-meta para toda la raza blanca era el tipo nórdico. El primer hogar Lebensborn entró en operación en el año 1936 cerca de la ciudad de Munich; mas tarde se abrieron varios de ellos por toda Alemania y los países ocupados.

En el año 1942 un allegado a Goering ocupa el puesto de Darré.

En abril de 1945, al finalizar la guerra, es apresado por las tropas estadounidenses. Luego del "Circo de Nuremberg" que duro hasta el año 1946, se sucedieron otros juicios contra industriales y comerciantes, y años mas tarde contra civiles. En el juicio Wilhelmstrasse Darré enfrentó varios cargos. El 11 de abril de 1949, cuando el juicio llegó a su fin, se lo absolvió de conspirar para emprender una guerra agresiva y de los cargos de crímenes contra la humanidad. Se lo declaró culpable, sin embargo, de ser miembro de las SS y de robar alimentos de áreas ocupadas para entregarlos al consumo alemán.
Fue sentenciado a siete años de cárcel, pero se lo excarceló en 1950, pocos años antes de su muerte.

Veamos a continuación unos breves extractos de su pensamiento:

"Es fácil ya comprender que la cuestión judía no es mas una cuestión religiosa sino una cuestión racial."

"Durante todo el siglo XIX se ha discutido si el judío, valiéndose de alguna influencia del medio, podría ser convertido en Indoeuropeo, en Ario. Pero las influencias exteriores no pueden modificar la herencia. Esto mismo es valido para el criminal".
"Jamás ha surgido un verdadero genio, en cualquier pueblo, que no haya poseído cualidades y predisposiciones que no puedan ser comprobadas fehacientemente ya entre sus antepasados. No negamos que el genio deba su presencia a un especial don divino, pero afirmamos que un genio solo puede manifestarse plenamente dentro del marco de posibilidades que por herencia le han legado sus antepasados".

"La ilusión del siglo XIX en el progreso ininterrumpido puede tener validez, quizás, únicamente en las cosas que el hombre inventa y construye. Pero esto no es valido para la evolución del hombre mismo, porque este encuentra un límite en las cualidades hereditarias y condiciones de su raza. Los alemanes en el futuro seremos capaces de realizar y de crear solo aquello que pueda ser hecho a través de la sangre de nuestros hijos y nietos. La comunidad popular es una comunidad étnica. Lo que somos y lo que como pueblo aun podemos llegar a ser, eso lo decide nuestra composición racial".

La ilusión del siglo XIX acerca del infinito progreso de la humanidad puede tener su parte de verdad en las cosas que nosotros, los Hombres, podamos inventar y construir pero que ya no es válido para evolución del Hombre mismo, ya que este encuentra en su haber una magnitud determinada por las cualidades y condiciones de su raza. Si hoy somos capaces, como Pueblo, de realizar algo, eso lo debemos a las corrientes raciales que ya han estado presentes a lo largo de toda nuestra Historia. Y en el futuro seremos capaces de realizar y de crear tan sólo aquello que pueda ser hecho a través de la sangre de nuestros hijos y nietos. La cuestión decisiva de todo esto es que: la comunidad popular es una comunidad étnica. Con ello surge una pregunta clave: ¿Qué hacemos para mantener y para multiplicar este insustituible tesoro popular que es nuestra sangre, nuestra capacidad vital como Pueblo?.

Lo que somos y lo que, como Pueblo, aún podemos llegar a ser, eso lo decide nuestra composición étnica.

La Única y verdadera riqueza de nuestro Pueblo es su fortaleza biopsíquica. Los bienes materiales de este mundo los podemos perder, como Pueblo o como individuos aislados; y dicha pérdida no nos traerá mayores consecuencias mientras consigamos mantener incontaminada nuestra salud biológica y psíquica como conjunto étnico, porque manteniendo nuestra fortaleza biopsíquica podremos reconquistar, en cualquier momento, los bienes materiales perdidos. Ese fue el error fundamental cometido por la Sinarquía después de la Primera Guerra Mundial. Los enemigos de Alemania creyeron que lanzando sus Pueblos - y principalmente entre ellos al Pueblo judío - al saqueo de la estructura económica alemana, Alemania, como Nación, estaba acabada. Olvidaron la capacidad del Pueblo alemán, una capacidad que nace de su composición étnica, y olvidaron también que esta capacidad podía reconstruir en un lapso increíblemente corto, todo lo que se había saqueado y depredado.

La capacidad biopsíquíca de nuestro Pueblo es su única riqueza. Esta es una frase terrible pero, al mismo tiempo, aleccionadora. Como un relámpago aparece, de repente, esta gran verdad ¿Qué significan las leyes, para qué sirve la economía, qué haremos con nuestros inventos si todas estas cosas no pueden mantenerse o desarrollarse mediante la capacidad biopsíquica que las creó?. No hay nada eterno en este mundo que esté formado por la materia de este mundo. Pero la capacidad biopsíquica de un Pueblo puede mantenerse eternamente si éste Pueblo reconoce las leyes vitales que rigen su composición étnica y si está dispuesto a vivir de acuerdo a ellas. Hay Pueblos que pueden enorgullecerse de tener mil años de historia. ¡Pero qué institución, qué sistema político, qué forma de producción económica podría figurar, en este milenario proceso de la vida de un Pueblo así, como un factor decisivo! Lo único que mantiene y da vida a los Pueblos de tradición milenaria es su capacidad biopsíquica heredable. Los accidentes institucionales de un Pueblo no son nada; su composición étnica lo es todo.
En la vida de todo Pueblo pueden suceder muchas catástrofes. Un Pueblo puede ser derrotado, robado de sus bienes, vilipendiado y ridiculizado. Puede caer tan bajo que cada uno de sus integrantes se avergüence de su situación. Pero todo esto no será nunca decisivo. Ese Pueblo podrá volver a levantarse mientras por las venas de los individuos que lo componen corra la misma sangre que una vez lo hiciera grande y respetado.

Debemos liberar nuestro mundo mental de los esquemas y de las barreras de una cultura y una educación superadas que permiten pasar por alto la cuestión biopsíquica. En el ámbito de nuestra actividad pública, en el campo de la legislación, en el campo de la economía, del arte, de la ciencia, etc., nuestras concepciones deben obtener una valoración exclusivamente desde el punto de vista biopsíquico, es decir: Desde el punto de vista del Hombre real. Y debemos comprender que, en el futuro, todo aquél que niegue el valor de lo biopsiquíco se convertirá en enemigo de nuestro Pueblo.

Debemos colocar al Hombre real en el primer plano de todas nuestras consideraciones y especulaciones. Porque este hombre real es el portador vivo de nuestros valores más trascendentales. Y esta es una exigencia fácil sólo en apariencia. A muchos hasta podrá parecer algo sobreentendido. Sin embargo, y a pesar de ello, esta exigencia es la condición previa para la mayor revolución espiritual, en todos los ámbitos de nuestra vida pública, que jamás se diera. Especialmente en el campo del derecho constitucional, pero también en el campo del derecho público y privado, en el área económica y en la legislación social, en suma: En casi todos los ámbitos de la vida de nuestro Pueblo la revolución biopsíquica tiene una importancia trascendental. Las consecuencias de esta revolución, por su parte, son tan vastas que podremos hoy suponerlas pero no podemos ni imaginarlas en su totalidad.

El alcance de la conciencia, es decir: La capacidad de comprensión y de voluntad del Hombre determina su destino. Pero las bases hereditarias que influyen en nuestra capacidad cognoscitiva y que ni la más férrea de las voluntades puede sobrepasar a fin de afirmar la Personalidad sobre este mundo, son con todo, condiciones previas a nuestra existencia y nacen en el momento en que nosotros mismos nacemos: Nuestras predisposiciones hereditarias se las debemos a nuestros antepasados. Se puede expresar esta verdad también en la siguiente frase: ¡Piensa en que las bases fundamentales de tu existencia se las debes a tus antepasados!. Es muy cierto que podemos dilapidar o bien volcar responsablemente en la lucha por la vida cotidiana el legado hereditario de nuestros antepasados; ¡a este legado único podemos honrarlo o deshonrarlo! En esto Dios nos ha regalado su confianza y nos permite ser dueños de nuestro propio destino y hacer valer nuestra voluntad. En esto es en lo que Dios nos ha elevado inconfundiblemente sobre el nivel del resto de los animales. La voluntad es la chispa divina en nosotros y nos fue dada para desplegar nuestras fuerzas y para actuar y construir en nuestro medio ambiente.

Con orgullo miran muchas personas hoy hacia atrás, hacía sus antepasados, volviendo a sentirse nuevamente eslabones de una cadena milenaria.
Volvemos a encontrar un sentido en el acto de honrar a nuestros antepasados.

Si el factor biopsíquico ha de convertirse en el eje de nuestra Cosmovisión, entonces el niño debe volver a convertirse en sentido y objetivo de nuestra existencia: ¡Lo importante son nuestros hijos, los productos de nuestra propia sangre! Porque si la capacidad biopsíquica de nuestro Pueblo es su única riqueza real y verdadera, sus hijos constituyen la única garantía de su inmortalidad. Y con esta afirmación estamos en el centro exacto de la gran revolución espiritual de nuestro tiempo, en una revolución que probablemente pueda llamarse la más integral de las que puedan pensarse en absoluto.

Nos hemos acostumbrado a hablar del surgimiento y de la desaparición de los Pueblos como de algo inevitable. Especialmente desde "La decadencia de Occidente" de Spengler se ha construido toda una escuela científica sobre estas líneas de pensamiento; una escuela que hace surgir, madurar y morir a los Pueblos igual que a los individuos. Lo tambaleante de las premisas de la estructura intelectual de esta escuela se puede comprender tomando solamente Historia de Alemania, porque si hoy nos encontramos nuevamente en medio de una Guerra Mundial pues ciertamente ello no se debe a que estamos en decadencia sino a que el resto del mundo envidia la fuerza vital del Pueblo alemán. No se nos combate porque estamos acabados sino porque nos hemos atrevido a realizar una de las revoluciones más integrales de la Historia de la Humanidad.

Pero la prueba más lapidaria en contra de la tesis de que los Pueblos son mortales, igual que los individuos, es la existencia de China. Este Pueblo vive desde hace siglos, y con toda probabilidad, continuará viviendo durante siglos. Y justamente en este Pueblo las causas y las consecuencias de este hecho están claramente a la vista. Al poner la doctrina moral de Confucio el imperativo de una numerosa descendencia, como garantía de una adecuada honra a los antepasados, en el fundamento mismo de la Cosmovisión china, Confucio aseguró para su Pueblo la inmortalidad encarnada en un numeroso ejército de niños. Aquí reside todo el secreto de la desbordante vitalidad del Pueblo chino que, independientemente de sistemas políticos o de golpes de Estado, se reproduce vertiginosamente y compensa con ello fácilmente todos los reveses del destino, todas las depredaciones y todas las pérdidas. El Pueblo chino y la doctrina moral de Confucio rebaten a Oswald Spengler.

Si como Pueblo queremos sentar los fundamentos para un devenir milenario entonces deberemos reaprender todo lo relacionado con la cuestión del mantenimiento de nuestra nacionalidad; una cuestión que implica resolver los problemas planteados por nuestra descendencia. Tendremos que volver a colocar firmemente dentro de los alcances de nuestra Cosmovisión al proceso de gestación y al resultado de esta gestación, al niño, igual que los chinos y los japoneses, y deberemos además orientar toda la cuestión relativa al niño hacia el objetivo de la inmortalidad de nuestro Pueblo.

Aquél que en esto quiera mejorar las cosas o curarlas tiene que ir a la raíz del mal y no debe conformarse con haber discurrido acerca de los síntomas de la enfermedad. Tenemos que superar al liberalismo también en lo que hace a la relación de los sexos entre sí y colocar al matrimonio sobre la base de nuestra Cosmovisión. Y esto significa que debemos dar nuevamente al matrimonio la validez que tiene como institución orientada hacia el garantizar la perpetuidad viva de nuestro pueblo dejando de considerarlo como una formalidad de fines egocéntricos. En ese caso el valor del matrimonio volverá a crecer ante nuestro Pueblo y muchas malformaciones aberrantes actuales desaparecerán por sí solas. De modo que si el matrimonio actual ya no se condice con la tradicional idea que de él teníamos, eso no es culpa del matrimonio en sí. Somos nosotros mismos los culpables de que el matrimonio haya comenzado a perder su sentido hasta degradarse en una formalidad puramente exterior o interesada.

Porque solamente Hombres, criados y educados con plena conciencia de sus valores y de su estirpe, tendrán probabilidades de oponerse con éxito a la decadencia.”