Modelos de Imperio



El Ario y El No Ario:

Si un pueblo desea ser imperialista, la Historia le ofrece dos modelos clásicos, que no por menos comprendidos por los observadores son menos utilizados en todos los tiempos. Uno es el modelo grecorromano, heredado del antiquísimo concepto de “Imperio Universal” de los indoiranios: Este modelo, y Roma nos dio uno de los últimos ejemplos, sólo exige que los restantes pueblos sean sometidos militarmente, no culturalmente; así, los pueblos de distinta idiosincracia podían integrarse al Imperio Romano conservando su Cultura, lengua y costumbres, y, si eran lo suficientemente aguerridos para resistir con orgullo la pax romana, podían obtener concesiones extraordinarias, como la ciudadanía de los galos y españoles, y el control del ejército, y del Imperio todo, lograda por los germanos; ello fue posible porque en ese modelo de Imperio el valor se asentaba paradójicamente en el valor, real, de los pueblos: Era más valioso el más valiente; este principio tenía carácter indudable y nadie temía el ascenso imperial de un pueblo valiente pues era obvio que tal pueblo resultaba valioso para el Imperio.

Es decir, en ese primer modelo no sería necesario practicar el adoctrinamiento cultural de los vencidos, emplear el lavado de cerebros, destruirlos moralmente, corromperlos, mantenerlos en la barbarie o regresarlos al salvajismo: eso no le convenía a nadie, iba contra la esencia jurídica del Imperio Universal Ario, vale decir, iba contra el Honor. Y aquí está el meollo de la cuestión: El soporte ético del principio anterior, y de cuantos constituyen el Imperio Universal, es el Principio de los principios, el Principio Supremo que es piedra fundamental de la estructura jurídicosocial del Estado nacional: El Principio del Honor. La justicia con que el Imperio tratará a un pueblo conquistado o aliado, de la que dependerá su existencia y desarrollo, sólo requerirá la garantía del Honor. Por ejemplo, Alejandro, imperialista con Honor, no necesitó desmembrar Egipto, ni imponer la lengua griega a los egipcios, ni aniquilarlos, ni someterlos a esclavitud, ni destruir sus pirámides, para aceptarlos sin prejuicios como federados del Imperio macedónico. Y los romanos, salvando las distancias, cuando al fin someten a los galos, que se habían resistido sangrientamente durante siglos, procedieron de igual forma honorable: Y a tal extremo les abrieron las puertas del Imperio que en poco tiempo ya no se habló más de galos sino de galorromanos.

El otro Modelo de Imperio es el cartaginés, típicamente no ario, heredado por los fenicios de sus antepasados semitas de Asiria, Babilonia y Sumer. Conviene comprender este concepto porque al modelo cartaginés han adherido los ingleses y los norteamericanos, pueblos completamente judaizados por la sistemática e incansable labor de la Fraternidad Blanca.

Los cartagineses, un pueblo de mercaderes carentes de principios éticos; sólo hábiles para el comercio y la piratería, famosos por los sacrificios humanos que ofrecían a su Idolo de Hierro Incandescente. ¡Cartagineses, ingleses, yanquis: Como sus predecesores del imperio asiriobabilónico, pensarían que los restantes pueblos de la Tierra son un artículo de consumo para sus apetitos insaciables! He aquí el principio equivalente al del valor de los pueblos en el modelo grecorromano: para los cartagineses, ingleses y yanquis, los pueblos sometidos no tienen el valor en sí mismos sino en la medida en que sean útiles al Imperio. Así, el pueblo conquistado o dominado resulta esclavizado, humillado, deshumanizado, vaciado de su propio valer, transformado en herramienta, en utensilio: Vale mientras sirve. Principio judaico del valor que no es casual hallar en la cúspide del imperialismo anglosajón. Si un pueblo “colonial” sirve, entonces debe ser explotado sin límites; si puede servir, entonces debe ser adoctrinado para que brinde utilidad, lo que representa una inversión que habrá que proteger y recobrar con intereses. Si algo se opone a la explotación, debe ser neutralizado: Si no se procediese así, se justificarán hipócritamente, no se estaría “ayudando” a ese pueblo a recobrar su valor, es decir, su utilidad el hombre tiene un precio, como las mercancías: Vale por lo que hace, y puede valer más por lo que es capaz de hacer. El Imperio cartaginés-anglosajón se comprometerá a extraer el máximo valor utilitario de los pueblos, concediéndoles la posibilidad de valer mucho produciendo mucho. Lo que se oponga a esta magnánima concesión de los que detentan el Poder del Mundo, será destruido: En bien de los que están sometidos pero pueden demostrar su valor; en defensa de la posibilidad de ser útil a los imperialistas, posibilidad a la que denominan seriamente “libertad democrática”. ¿Y qué es lo que se opone a que ese pueblo que nada vale, se valorice siendo útil al Imperio, sirviendo, produciendo, permitiendo que el Imperio se apodere de sus riquezas si las tiene, o guardándose de gastarlas en provecho propio si el Imperio las necesita ahora o mañana?

¿Es su Cultura propia el obstáculo?. Pues será reculturalizado por todos los medios posibles. ¿Es la conciencia nacional el enemigo?. Pues se atacará la esencia del Ser nacional: Se comenzará por desprestigiar o negar lo bueno propio y se exaltará lo bueno ajeno; contrariamente, se disminuirá lo malo ajeno y se exaltará hasta la exageración lo malo propio; así entrará en colapso la confianza en el Destino nacional, y el pueblo creerá apabullado que la distancia cultural entre la debilidad nacional propia y la fuerza y grandezas ajenas es insuperable. El segundo paso consistirá en atacar específicamente los soportes del Ser nacional: La territorialidad, los símbolos patrios, las tradiciones, etc. Se desplazarán o amenazarán las fronteras para crear la sensación de que la Nación “no está terminada”, que es algo a medio construir, que no existe; se calumniarán los prohombres de la Patria, que mal o bien contribuyeron a su existencia, para que el pueblo se avergüence de su pasado; se presentarán a la comparación, en cambio, a los contemporáneos imperialistas de aquéllos, para que el pueblo repudie a sus próceres y admire a los gringos, y se lamente, ¿qué hacíamos nosotros, mientras ellos construían sus poderosos Imperios?. ¿Es la unidad racial el impedimento?. Se bastardizará al pueblo favoreciendo la inmigración de Razas inferiores. ¿Es la unidad nacional?. Se la desintegrará sobornando o comprando dirigentes, enfrentando a unos con otros, y creando el caos, la evidencia de que “se trata de un pueblo en el que sus miembros no pueden ponerse de acuerdo entre sí”.

El modelo cartaginés demuestra todo un modus operandi en la acción de los imperialistas. Mientras que en el modelo grecorromano “el más valioso era el más valiente”, y los pueblos valerosos podían crecer y desarrollarse sin problemas, según sus propias pautas culturales, en el modelo cartaginés-anglosajón hay que aplicar permanentemente el principio “vale mientras sirve”, lo que obliga a someter a los pueblos vencidos, o dominados, mediante las prácticas más viles. Y aquí llegamos también al meollo de la cuestión: El soporte jurídico del principio anterior, y de cuantos constituyen el Imperio cartaginés-anglosajón, es el Principio de los principios sinárquicos, el Principio Supremo que es piedra fundamental de la estructura juridicosocial del Estado sinárquico: El Principio de la División.
¿División de qué?. De todo, porque el Principio de la División otorga al Emperador o Rey, cartaginés, inglés o yanqui, el derecho a dividir la estructura de los pueblos. Hay que comparar de inmediato, para que salten las diferencias: El Principio del Honor de los imperialistas grecorromanos era esencialmente ético y creaba la obligación de procurar el bien común, de valorizar el valor del valeroso; por el contrario, el Principio de la División de los imperialistas cartagineses-anglosajones era fundamentalmente jurídico y amoral y generaba el derecho a dividir para asegurar el valor de los que sirven, para proteger la libertad democrática de valer siendo útil, produciendo, sirviendo. Aquí están las diferencias fundamentales de ambos modelos: Lo ético contra lo jurídico y amoral; la obligación moral de procurar el bien común, contra el derecho amoral de dividir el bien común para extraer su valor utilitario. El imperialismo grecorromano producía “ciudadanos del Imperio”, honroso título que de ningún modo menoscababa su nacionalidad u orgullo racial. El imperialismo cartaginés-anglosajón modela “ciudadanos del Mundo”, ambiguo y deshonroso título que la más de las veces oculta la traición inconfesable. (Igualitarismo dominante de la actualidad mundial occidental)
A los ciudadanos del Imperio ya los conocemos por la Historia. Es de interés, en cambio, saber, ¿cómo son los “ciudadanos del Mundo”, título análogo al de “esclavo de la Sinarquía”. Pues, se trata de seres que han sido conformados de acuerdo al modelo cartaginés-anglosajón, vale decir, seres que han padecido todos los modos del Principio de la División.

Son habitualmente internacionalistas porque su nacionalidad ha sido dividida y disgregada: Creen que lo internacional salva la diferencia entre los pueblos. Son decididos pacifistas porque su estructura psíquica fue dividida froideanamente y su instinto guerrero calificado de “tendencias agresivas primitivas que se originan en el cortex, el cerebro animal, y surgen a través del Inconsciente”: Para la Cultura psicoanalítica, el instinto guerrero es un impulso vergonzoso, casi animal, sumamente peligroso “porque puede encarnarse en el Mito del Héroe” y tornarse dominante en la conciencia; quienes están así adoctrinados, identifican guerra con salvajismo, y creen que la paz debe conseguirse a cualquier costo pues en ese estado social es posible demostrar la utilidad sirviendo al imperialismo pacifista, Gobierno Mundial, Sinarquía, o como quiera que se llame el sistema que los explote. Estos ejemplares son daltónicos a la nacionalidad y se les ha bloqueado el instinto guerrero; carecen por lo tanto de heroicidad, de capacidad de reacción patriótica, son seres psicológicamente mutilados que creen en la unión de varios conceptos imposibles de unir bajo un imperialismo cartaginés-anglosajón: Paz, felicidad, creación, progreso, libertad, civilización del amor, fraternidad universal, etc. Naturalmente, en nuestra Epoca, pueden ser buenos comunistas, buenos liberales o buenos anarquistas indistintamente.
Pero además de internacionalistas o pacifistas pueden ser colaboradores del sistema imperial cartaginés, trabajando desde adentro de sus Naciones, en las que no creen, para favorecer la contribución de valor utilitario que los imperialistas le han asignado a su pueblo o país; o pueden ser agentes internacionales del imperialismo y consagrarse a ejecutar sus planes. De cualquier modo, su tarea consistirá, desde adentro o desde afuera, en dividir, es decir, en aplicar el Principio de la División allí donde exista algo unido que se oponga al imperialismo cartaginés-anglosajón: la intriga, la corrupción, el maquiavelismo, el soborno, la insidia, la difamación, la publicidad, la desinformación, etc., todos los medios y crímenes serán válidos para dividir los todos y fortalecer las partes que sean útiles y sirvan al imperialismo extranjero. En la formación de lacayos de esta clase, el imperialismo cartaginés-anglosajón siempre ha descollado: El tipo clásico es el “cipayo”. Naturalmente, no me refiero al cipayo hindú, al hombre concreto que muchas veces con increíble valor trató de librarse de los expoliadores ingleses, sino al tipo del cipayo, a la clase de hombre “valioso a su servicio” que los ingleses querían fabricar dividiendo todos sus principios. En Cartago existieron miles de mercenarios de esa clase. En el Asia y en el Africa los ingleses los fabricarían por centenares de miles.