La Derrota del Mundo (Salvador Borrego)

Se consuma la victoria, pero, ¿victoria de quien?. Cuando Japón se deslumbró ante los mañosos informes de los agentes secretos de Rockefeller y atacó a Pearl Harbor, en vez de atacar a Rusia, por insospechado camino estaba así facilitando su propia derrota. El Mikado creyó más inteligente ocupar colonias desguarnecidas que cumplir su alianza con Adolf Hitler para aniquilar al marxismo judío. Las fuerzas armadas del Japón eran mucho menores de lo que gene­ralmente se creía. Descontando sus grandes pero no motorizados ejér­citos inmovilizados en China, sólo disponía de 400,000 hombres (26 divisiones) y 3.000 aeroplanos para su campaña a través de 5,000 kilómetros de mar. Desde Tokio hasta Bírmania y Sumatra, y desde las Islas Salomón hasta Guam, los japoneses lograron triunfos espec­taculares, pero atomizaron sus escasas fuerzas operativas al ir de­jando guarniciones en cada posesión capturada.En cuanto los aliados dispusieron en 1943 de 10 divisiones (4 de ellas norteamericanas y 6 australianas), la suerte de Japón quedó sellada. Sus contingentes no podían agruparse en una sola isla, en tanto que los atacantes iban pegando con fuerzas concentradas en cada una de las débiles y dispersas posesiones japonesas. A partir de ese año la derrota del Japón comenzó a avanzar con lentitud, pero in­flexiblemente.

En el Pacífico no llegaron a librarse batallas gigantescas como las de Europa, donde las divisiones contendientes se contaban por cen­tenas y los tanques por millares. La mayor batalla mecanizada de los japoneses ocurrió en Malaca, con 150 tanques. Esto correspondía, por ejemplo, a ataques de exploración en el frente rusogermano. Los norteamericanos no tuvieron necesidad de usar contra el Japón ni una sola división blindada, en tanto que lanzaron 16 blindadas contra Alemania, además de las fuerzas acorazadas inglesas, francesas y so­viéticas. Otra de las mayores batallas del Pacífico fue la de la isla de Okinawa, antesala de Tokio, y también resulta insignificante comparada con las batallas de Europa. Ciertamente los japoneses pelearon con fanatismo suicida, pero sus contingentes y su equipo eran reducidos. En Okinawa lanzaron a la lucha hasta el personal de sus servicios divisionarios, y sin embargo, el total de combatientes fue de 114,400 hombres. Con la muerte de Hitler y el desplome de Alemania, consumado el 7 de mayo (1945), toda remota esperanza de triunfo desapareció para el Japón. A partir de entonces sólo prosiguió la lucha mientras procuraba condiciones mejores de paz. Su empeño de lograr algo me­diante la prolongación de la resistencia se frustró el 6 de agosto. Mientras una confiada muchedumbre presenciaba en Hiroshima el vue­lo de dos aviones norteamericanos que al parecer eran de observa­ción (supuesto que las alarmas no habían sonado), la primera bomba atómica utilizada en guerra estalló sobre sus cabezas, en el aire, y 70,000 habitantes perecieron en una pira gigantesca cuyo humo era visible a 280 kilómetros de distancia. Otros 160,000 quedaron heridos, de los cuales 130,000 murieron tras larga agonía o por complicacio­nes. En total la ciudad tenía 320,000 habitantes. Dos días más tarde Rusia declaró la guerra al Japón. Veinticuatro horas después una segunda bomba atómica (equivalente a 20,000 to­neladas de tnt) arrasó Nagasaki. Al día siguiente Japón capituló incondicionalmente. Pese a que el general Yamashita y siete más fueron ahorcados, Japón no sufrió una paz tan dura como la impuesta a Alemania. En apariencia esto era otra paradoja incomprensible de la guerra, ya que durante muchos años Japón alentó odio contra el pueblo norte­americano, en tanto que Alemania se esforzaba por mejorar su amis­tad con Estados Unidos y con la Gran Bretaña. Además, los japone­ses habían atacado alevosamente a Pearl Harbor, en contraste con Alemania que durante más de dos años guardó discreto silencio ante las reiteradas provocaciones de Roosevelt.

No obstante esas diferencias, Japón se libró de un desmantelamiento militar e industrial tan grande como el realizado en Alema­nia. El número de ejecutados y detenidos fue también incomparable­mente menor en Tokio; el Emperador siguió en su trono; gran parte del personal oficial continuó manejando la vida japonesa, y después de poco tiempo el ejército nipón fue reconstruido. La razón de que los japoneses resultaran mucho mejor librados que los alemanes (pese a que éstos no agredieron aI pueblo norteameri­cano y aquéllos sí) fue que los japoneses no libraron una guerra ideo­lógica contra los intereses del movimiento político judío. Su guerra era una aventura de rapiña a costa del pueblo norteamericano, pero no se enfocaba contra el movimiento político israelita. Por otra parte, los japoneses hicieron correr sangre de malayos, chinos, birmanos, in­dochinos, australianos, ingleses, filipinos y norteamericanos, pero... ¡En Asia casi no había judíos! Por eso allí prácticamente no existieron "crímenes contra la humanidad". Al ocupar los aliados el Japón, se ordenó el restablecimiento del partido comunista, que estaba proscrito, y los lideres Tokuda, Shiga y Nozaka regresaron a reanudar actividades prosoviéticas, que en 1960 ya fueron capaces de derrocar a un primer ministro.

Con la caída del Japón quedó consumada la victoria. Pero, ¿vic­toria de quién?. ¿Triunfaron las democracias?. ¿Triunfó la civilización occidental?. ¿Triunfó Polonia, que había sido el pretexto inicial de la guerra?. ¿Triunfaron Checoslovaquia, Austria, Hungría, y Bulgaria, a quienes Roosevelt lloraba como cautivas del Nacionalsocialismo?. El pueblo fran­cés, ¿se sentía ya más tranquilo ante la amenaza bolchevique que an­te la Alemania Nacionalsocialista que en 1939 le ofrecía amistad y paz?. ¿Acaso el pueblo inglés mejoró sus colonias y su nivel de vida?. ¿El pueblo nor­teamericano se vio libre de nuevas amenazas, tal como se lo prome­tía Roosevelt?. ¿Las religiones disfrutaron de mayor libertad en Euro­pa y en Asia?. ¡Fue todo lo contrario!... 697 millones de seres que antes eran más o menos dueños de su propio destino quedaron súbitamente asidos por la mano bolchevi­que. Millones de creyentes fueron perseguidos por su fe en la Europa Central y miles de sacerdotes volvieron a sufrir las vejaciones de la época de las Catacumbas. El Kremlin tornó a enfatizar que "la religión es un subproducto amoral de la burguesía y se le opone, para salvar al proletariado, la doctrina científica del marxismo".

Inglaterra comenzó a padecer el desgajamiento de su Imperio con la perdida de cuatro colonias y 446 millones de súbditos. Desde antes que terminara la guerra, Churchill fue apremiado por Roosevelt para que acelerara ese desmembramiento. Por eso el historiador ingles Grenfell dice que ocurrió la paradoja de que mientras Alemania quería que subsistiera el Imperio Británico, Estados Unidos se hallaba decidido a destruirlo. Francia engañada con la falsa "victoria", sufrió 105,000 ejecuciones en los primeros seis meses de su "democrática" liberación y luego se le obligó a prescindir de su dominio colonial y perdió su fuerza de potencia de primer orden. Y el pueblo norteamericano (cuya deuda pública subió en 231,000 millones de dólares) palpó sorprendido que lo que estaba ofreciéndosele bajo ropajes de victoria era el más tenebroso de los engaños. Docenas de pueblos habían sido engañados y arrastrados a la guerra mediante la promesa de que sería la última para afianzar su bienestar y su futuro. Pero así como ellos no eran los promotores de la contienda, tampoco eran los dueños del botín. En el juego político del ajedrez mundial sólo les tocaba dar "sangre, sudor y lágrimas". El único victorioso fue el movimiento político judío. Y ni Alemania, ni Hitler, ni el Nacionalsocialismo fueron los únicos que cayeron en la lucha. Junto con ellos la Civilización Occidental sufrió la más de sus derrotas desde que nació bajo los fulgores de Atenas y de Roma.La guerra 1939-45 terminó con una Derrota Mundial. Derrota del pueblo ruso, cuya esclavitud fue reforzada, y derrota del Occidente, que quedó más expuesto a la traición y al asalto enemigo.

Para el Imperio Bolchevique que el judío Karl Marx engendró en teoría y que otros judíos materializaron en la URSS, sí hubo victoria. Para el Trono de Oro, para ese poder económico de magnates de bolsa que medran protegidos tras el poder político de cada nación, también hubo más jugosos dividendos que acrecentaron sus tesoros a costa del empobrecimiento de las masas. Y para los sionistas de Israel que hace casi dos mil años se dispersaron por el mundo, también brilló la aurora del triunfo y recuperaron fronteras, gobierno y un sitio de honor entre las Naciones Unidas.

La ONU dio un tácito apoyo para que el movimiento judío atacara a los árabes y fundara el Estado de Palestina mediante la fuerza, pese a que esto se hallaba en pugna con los principios anteriormente sustentados por la propia ONU. En medio de matanzas (silenciadas por el monopolio informativo mundial) un millón de habitantes árabes fueron arrojados al desierto, sin que esto lo presente nadie como "un crimen contra la humanidad". El mundo árabe declaró la "guerra santa", pero bien pronto se vio que los israelitas no habían descuidado ningún aspecto de su conquista. Mientras ellos recibían abundantes armas modernas, los árabes se quejaban de que se les abastecía con municiones defectuo­sas o de calibre distinto al de su arma. Años más tarde se supo que eso fue obra de saboteadores que operaban en los altos círculos de Egipto. Cuando al fin la oficialidad logró derrocarlos (junto con el rey Faruk) ya era demasiado tarde. Israel surgió bajo el patrocinio de los jefes judíos de EE.UU. y de la URSS. Su primer presidente Ben-Zvi nació en Rusia y fue revolucio­nario bolchevique desde 1905. Su sucesor Zalman Chazar también procede de la URSS, lo mismo que el Premier Ben Gurion, la ministro de relaciones Golda Mayerson y otros funcionarios. Y Morgenthau, Secretario del Tesoro de EE.UU. en la época de Roosevelt, se fue a Israel como secretario del Tesoro. En 8 años Washington suminis­tró a Israel 257 millones de dólares, a costa del contribuyente americano abrumado de impuestos, y la ayuda ha continuado.