El Führer Adolf Hitler, un gran Pensador



La conducción es un don otorgado por nuestro Dios. No se puede aprender, no se puede inculcar por educación y la práctica. El liderazgo se halla profundamente en la esencia de su portador, ¡está en la sangre!. El verdadero Führer es siempre modesto, no se viste con trajes centelleantes. No hace ostentación ni se vanagloria. Como todo lo grande en el mundo es del todo sencillo y llano, así también el liderazgo carece de superficialidades y oropeles. El que utiliza efectismo externo y presume de Führer (conductor) es siempre un Verführer (seductor), que trata de cubrir su vacuidad con paño de color y joyas fulgurantes. El verdadero Führer no se sirve de frases tornasoladas, que ascienden como pompas de jabón iridiscentes y estallan al menor soplo de viento. El que ama el tintineo altisonante de las palabras no tiene nada que decir y quiere esconder detrás su ignorancia e incapacidad, tal como el judío esconde detrás del cebo barato e hipócrita, las trampas de su engaño. El verdadero Führer es natural y llano. El reconocimiento y la gloria de todo un mundo pueden amontonarse alrededor suyo, pero él sigue siendo fiel a sí mismo. El que embriagado y cegado por la alabanza de la muchedumbre levanta una reja de presunción alrededor suyo y se aísla en fría inaccesibilidad de los seguidores, tampoco él es un Führer, sino un seductor, para quien los seres humanos sólo valen mientras lo llevan sobre sus hombros alto y más alto. Cuando ya no tiene que esperar una gloria mayor les da un puntapié. ¡El verdadero Führer vive como ejemplo!. El vivir ejemplarmente es mucho más difícil que el morir como ejemplo en la embriaguez de la victoria de las columnas en asalto. El morir como ejemplo dura sólo un momento, el vivir como ejemplo se extiende por sobre años y decenios y genera eternamente una riqueza única. El verdadero Führer no exige nada de sus seguidores que él no esté en todo momento dispuesto y capacitado para hacer. No ha sido designado por el destino como Führer el que goza con avidez de exquisitos alimentos mientras los hombres buscan vanamente un pedazo de pan; no es un Führer el que se despereza sobre blandos almohadones de plumas mientras sus seguidores tratan vanamente de encontrar un poco de paja para su lecho y tampoco es Führer el que protege sus manos con guantes de piel mientras sus partidarios tienen que sufrir el frío. El verdadero Führer no sólo vive el ejemplo en el Frente. El que prohibe a sus hombres beber en una taberna dudosa y secretamente visita justamente esta taberna y allí se embriaga, no ha entendido nada del liderazgo. No puede extrañarse cuando detrás de sus espaldas se murmura y protesta, cuando la confianza poco a poco se va desmoronando. La confianza es el fundamento más potente para que actúen provechosamente, en común, la conducción y los conducidos. Donde no existe, se difunde la “obediencia del cadáver", se anida el temor ante el castigo y, en último término, los hombres sólo obedecen las órdenes porque temen el castigo. El verdadero Führer apela siempre a las buenas cualidades de sus seguidores, al Sentimiento del Honor, a la Lealtad, a la Fe, al Amor por el Pueblo y la Patria, a la aptitud para el Sacrificio. Él sabe mantener en permanente movimiento estas grandes cualidades y orientarlas hacia los altos fines de la resurrección nacional. El falso Führer apela a los bajos instintos de los seres humanos, la codicia, el goce, la envidia; hace promesas para mantener a los seguidores mientras lo considera conveniente en interés de su propia vida holgada y la de su cenáculo. El verdadero Führer se dirige al sentimiento de sus fieles, levanta un puente de corazón a corazón, y millones de corazones laten creyentes por él, inquebrantables en la confianza.
El falso Führer se dirige al intelecto frío, calculador y "sutil". Sólo sobre esta base tiene detrás suyo a la gente, para perderla rápidamente cuando no cumple las esperanzas calculadas por la misma. El verdadero Führer señala a sus seguidores el camino y la meta, que él sólo merced a su liderazgo otorgado por nuestro Dios es capaz de reconocer. Ve su misión nunca terminada en la conservación y la afirmación de sus seguidores, en el acrecentamiento y la evolución hacia arriba de sus virtudes, la ve en el ideal de preparar a su pueblo la eternidad. El verdadero Führer está firme cual una roca en el oleaje. Las olas y el viento no le pueden hacer daño. El verdadero Führer siente muy íntimamente el latido del corazón de sus seguidores y los escucha, sintiéndose uno con ellos. Ese Führer es Adolf Hitler. Seguirlo ha de constituir la más sagrada obligación y el mayor orgullo de todo Nacionalsocialista. En estricto rigor doctrinario, el NacionalSocialismo es una conducción. El Führer conduce al pueblo, se adelanta a este y le muestra el camino a seguir. Toma todas sus decisiones y ejecuta todas sus acciones en beneficio del pueblo constituido en comunidad. Por esta razón, se concentran en las manos del Führer los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, transformándose el Estado en sus manos en un mero instrumento de la conducción, perdiendo su calidad de ente omnipotente que puede oponerse a la comunidad. Este Estado ya no esta para garantizar únicamente los derechos individuales en contra de la Comunidad, como sucede en un estado liberal, es sólo un instrumento al servicio del pueblo y existe únicamente para garantizar la vida, el desarrollo y la estabilidad de la Comunidad del Pueblo. De esta forma el NacionalSocialismo descarta el individualismo y el parlamentarismo por atentar ambos en contra de la conducción y de la integridad de la Comunidad del Pueblo.

¡Sieg Heil! ¡Sieg Heil! ¡ Sieg Heil!. El NacionalSocialismo avanza.